Boy, el unipersonal de Boy Olmi con dirección y dramaturgia de la actriz, autora y directora Shumi Gauto, se presenta los jueves de febrero y marzo a las 20hs. en el Teatro Picadero. Es la segunda temporada en Buenos Aires de una obra en la que el actor-narrador expone un conjunto de presuntas revelaciones autobiográficas. El público participa de este dispositivo: el protagonista invita a espectadores tomados al azar para ser ellos mismos, partícipes activos de la experiencia.
-Boy surge a partir de una búsqueda que llevó a investigar sobre tus ancestros. ¿Qué te llevó a plantearte este viaje?
Desde hace diez años estoy en una investigación muy personal vinculada con mis ancestros, con descubrir quiénes eran mis tatarabuelos. Todos tenemos abuelos en la medida que vamos escalando generaciones para arriba. Matemáticamente todos tenemos 16 orígenes étnicos, culturales, religiosos. Me interesaba mucho entender de dónde venía mi familia. Esa investigación me llevó a desarrollar textos literarios que tenían que ver con imaginar cada uno de esos grupos. En algún momento, pensando en lo que podía hacer con este material, me topé con Shumi Gauto, que es la directora de la dramaturgia del espectáculo Boy. Ella me dijo: «Es maravilloso todo lo que traés, pero a mí me interesa tu presente, lo que estás pasando emocionalmente en este momento». A partir de allí me metí en algo mucho más complejo que tiene que ver con la identidad: con por qué soy el que soy, por qué es como es cada uno de nosotros.
Durante los últimos dos años elaboramos esta dramaturgia. Ella editó las conversaciones que tuvimos durante montones de entrenamientos de improvisación. Lo pusimos al servicio de reflexionar quién es cada uno de los espectadores, porque este espectáculo no tiene ni una palabra de ficción; es totalmente cierto todo lo que hablo de mí, pero al mismo tiempo es cierta la resonancia que generan los espectadores, que se sienten muy identificados. ¿Qué nos pasa con nuestras madres, con nuestros padres, con nuestros hijos, con el amor, con la vida, la muerte? Por eso mi cuento se torna mucho más amplio y pretende ser mucho más universal.
-Boy, que está definida como una obra de no ficción, inicia su segundo año. Seguramente se fue transformando conforme vos también fuiste cambiando. ¿Dónde está puesto el foco ahora?
Ahora está puesto en esta catarsis personal. Y es algo que resuena en todos los espectadores. Me ocurre en las funciones que fuimos armando en distintos lugares de la Argentina y de Uruguay. Es un espectáculo basado en experiencias absolutamente personales, lo cual hace que sea tremendamente sanador, grato, movilizante, divertido, conmovedor, metafísico.
-La información de prensa la define como un «laboratorio mágico y creativo». ¿Qué significa esto para el espectáculo?
El espectáculo es un experimento teatral. Por eso decimos que es más que una obra: es un experimento con las reglas y los elementos del teatro. Hay un hombre en un escenario muy desnudo de alma —no de cuerpo, pero sí de alma— exponiendo aquello que nunca se dice en un escenario. Tiene que ver con las maneras de mostrarnos, que no son las que mostramos socialmente, porque parte de la hipótesis es que todos tenemos un personaje que hemos creado o que se nos ha armado.
-Para la mirada del otro, todos representamos un rol aunque no seamos ése.
Todos tenemos una serie de mandatos que nos han llegado de una manera media inconciente. No me refiero a los valores que nuestros padres y abuelos nos transmitieron (y que agradecemos), sino a aquello que llega mucho más secretamente en el inconciente. Son ocultas porque tienen que ver generalmente con secretos de las familias y que toman forma de creencias firmes, de mandatos, de síntomas inclusive. Y que parece que fuera nuestro aunque no lo sea del todo.
A esto se suma la experiencia de los primeros años de vida, donde desde que nacemos hasta que tenemos 4 o 5 años tenemos las primeras impresiones y emociones que conforman una especie de exoesqueleto, de armadura, que nos permite después andar por la vida un poco más protegidos de la angustia existencial de existir. Del ser.
Yo me permito en este experimento teatral observar eso en mí y observarlo en cada uno de los espectadores, de tal manera que podamos reconocer que no somos de una sola manera, sino de muchas al mismo tiempo. Porque esa identidad en donde algunos somos simpáticos, ignorantes, violentos, comunicativos, solidarios o empáticos, tiene su correlato: a veces no somos ni tan simpáticos, ni tan violentos, ni tan comunicativos, ni tan solidarios… Tenemos sombras que acompañan la luz más visible y que también son parte constitutiva de nuestra identidad.
En este experimento todo eso aparece a la luz y yo lo expongo de una forma poco frecuente en el escenario, porque allí generalmente mostramos un personaje. En la vida también mostramos un personaje, con esa identidad que hemos asumido desde muy niños. Mucho más allá de lo profesional, porque tiene que ver con esa persona que mostramos.
-¿Cómo trasladar esta secuencia de características personales al dispositivo teatral?
La habilidad que tuvo Shumi fue desarmarme frente a ella y exponerme en el escenario de una forma que resulta muy grata, porque no duele. Uno descubre que si te enfrentás con los miedos más profundos y lo compartís en esta especie de ceremonia sagrada que es el escenario y el teatro, lo que recibís es muy amoroso. No es violento ni dañino sino todo lo contrario. Por eso cada día lo hago con más alegría y me salgo de la vaina por volver a encontrarme con la gente cara a cara. Por eso digo que no es solo un unipersonal: es un experimento muy personal que hago con la gente.
-Después de una treintena de películas donde fuiste dirigido -entre otros- por Manuel Antín, Eduardo Mignogna o Sergio Renán; de trabajar sin pausas en series para plataformas, de experimentar actualmente en Viajes reales para un canal de youtube… ¿Qué tiene que tener un personaje o una propuesta para que decidas embarcarte y poner el cuerpo?
El trabajo que hacemos los actores es de una enorme exposición: hay que atreverse a saltar en esa dirección que te propone una cámara, un escenario o el público. Los motivos son siempre diferentes, pero todos tienen que ver con que honestamente me generen un deseo. Ese deseo a veces tiene que ver con el texto, con los compañeros, con el director. O a veces simplemente con la necesidad de trabajar para nuestro sustento, porque los actores necesitamos trabajar y nos quedamos sin trabajo todo el tiempo. Entonces, un actor siempre está diciendo: “Uy, este trabajo se me acaba, ¿cuál es el próximo?». A veces no alcanza con que aparezca un trabajo para aceptarlo porque no te gusta o no está a la altura de tu fantasía y decís «voy a arriesgar a esperar el siguiente tren». Pero siempre hay un indicio en la intuición que a mí me hace aceptarlo.
En el caso de Boy fue mucho más que eso, porque era algo que salía de mis tripas, deseos y de mi corazón. Quería hacer algo tan comprometido conmigo mismo en este momento de mi vida.
Pero hay otras veces -como una obra como La Heladería, que sigo haciendo, presentaremos en marzo en el Teatro Moscú y luego vamos a llevar a Italia—, que sentí que tenía que aceptar por algún motivo muy intuitivo. Que tenía que ver con recuperar ciertas raíces de mi propia italianidad. La obra de los Scannapieco tiene algo muy evidente: es un grupo de actores que quieren evocar una historia de migrantes italianos y se transforman en esa heladería legendaria de la Argentina. Esto me vinculó con la heladería y a encontrarme con gente que era desconocida para mí y que hoy son como hermanos: los Scannapieco, Ana Scannapieco, Pablo Fusco y Lisandro Penelas, el director.
Lo mismo me pasó con Boy: me entregué a Shumi Gauto a exponerme de una manera muy visceral, confiando que esta era la compañera adecuada para esta aventura. Y es enormemente gratificante lo que pasó. Como todos los artistas que trabajamos en equipo, ponemos algo muy íntimo en la mesa a compartir. Ya sea en una película o en teatro, estás entregando algo muy valioso. Porque cuando más comprometido es el trabajo, más íntimo y profundo resulta. Si confiás en tu intuición y elegís bien, lo que vuelve muchas veces devuelve con creces ese pequeño sacrificio de atreverse. Uno recibe mucho amor, alegría y mucho juego.
Y en este caso estoy recibiendo cosas increíbles. Lo que me devuelve la gente va más allá del aplauso. Me encuentro con gente que me dice: «Me quedé hablando toda la noche con mi pareja o con mi familia de nuestras propias vidas porque nos quedó resonando esto que hacés». El teatro, cuando funciona, es eso: es crisis de crecimiento, crisis de oportunidad, de reflexión y de transformación personal.
Julia Montesoro
Crédito foto: Nora Lezano


