Eduardo Blanco protagoniza la comedia romántica teatral Empieza con D, siete letras, obra dirigida y coescrita (con Cecilia Monti) por Juan Campanella, que se presenta por segundo año en el Teatro Politeama y que cuenta el inesperado encuentro entre una mujer joven (representada por Victoria Almeida) y un hombre mucho más grande, que apuestan por un futuro en común pese a todas las prevenciones y obstáculos.
Esta «segunda oportunidad» que propone la obra también aplica para Parque Lezama, una pieza que después de una década y más de 1.300 funciones representada por Blanco junto a Luis Brandoni, cambia de formato y llega al cine y al streaming: se estrenará el jueves 19 y dos semanas más tarde estará disponible en Netflix.
-Esta es la segunda temporada de Empieza con D, siete letras. ¿Qué nuevas motivaciones aparecen para seguir manteniendo la frescura de la obra?
En principio, el cambio de una actriz protagonista es interesante. No es un reemplazo, porque se supone que en un reemplazo hay una actriz que viene a reemplazar a otra: estudia la letra, la puesta en escena, viene y ensaya, no sé, uno o dos ensayos con los compañeros y ahí sale como un retorno. Este no fue el caso. Fernanda (Metilli) estaba estupenda interpretando a Miranda -que así se llama el personaje-, el año pasado. Juan (Campanella) acepta tomar el riesgo en lo que propone Vicky (Victoria Almeida), que es otra mirada distinta para el personaje y que todos estemos dispuestos a lo nuevo que propone.
Ella encara el personaje de manera distinta. Y a pesar de todo lo bien que fue el año pasado y lo estupenda que estaba Fernanda, yo creo que Vicky logra un trabajo extraordinario. Todos nos sumamos a ese riesgo. Es una nueva actriz que por más que dice la misma letra, tiene otra propuesta. Nosotros estamos ahí, con esa adrenalina como si fuera la primera vez, adaptándonos. Así como cada función es distinta, imagínate cuando cambia uno de los actores y además trae otra propuesta que no se le parece a la otra. Para aquellos que ya vieron la obra y les gustó que hacía Fernanda, dense una nueva oportunidad con Vicky.
-¿Qué creés que encuentra el público en Empieza con D, siete letras, que la mantiene vigente?
La obra tiene el sello Campanella. Más allá de que la escribió junto a Cecilia Monti, es una comedia dramática que tiene diálogos ingeniosos y humor y que también emociona. En casi todas sus historias, te reís y a la vez te van llevando a recorrer distintos estados emocionales. Y como habla siempre de los vínculos, seguramente te identificás con algo de lo que sucede en la obra y eso te invita a repensarte. Creo que es eso: por lo menos a mí, como espectador, cuando me siento en una butaca me gusta una historia que me haga reír, emocionar y además que me invite a pensar.
-Hay un juego de complicidades entre el público y el «sello Campanella».
Claro. Es que creo que pasa en la mayoría de las historias propias de él. Incluida Parque Lezama, que no era una historia original suya pero la tomó casi como propia de él. Al público que va a ver las historias de Campanella, que le gusta disfrutar de ellas, es inevitable que se sienta identificado porque siempre se vuelve a los vínculos.
-La obra habla de segundas oportunidades. ¿En qué aspecto te identifica, qué situación viviste de segunda oportunidad?
«Segundas oportunidades» es una frase que usa todo el mundo. Ya no como actor del espectáculo sino como persona, no es que creo en las «segundas» sino en todas las oportunidades, en cualquier disciplina: en el amor, en el trabajo, en la vida. Yo pertenezco a una generación en la que la mayoría de las cosas eran para toda la vida. Te casabas y era para siempre. No había ni existía el divorcio. Estaba mal visto. Pero como ese ejemplo, muchas otras cosas: cuando te preguntaban a los 12 -y con suerte después te volvían a preguntar a los 17-, qué querías hacer cuando fueras grande, vos tenías que elegir y se supone que era un para siempre. Poder creer en una segunda oportunidad ya era un lujo.
-Es notable cómo las elecciones eran «para toda la vida», ¿no es cierto?
Exactamente. Con los ojos de hoy, ¡de qué ridiculez estamos hablando! Pero efectivamente era así. Lo que quiero decir con esto es que yo he aprendido que las oportunidades te encuentran andando: a nadie se le aparece sentado en su casa y esperando. Siempre me gusta la idea de pensar que todos tenemos alguna oportunidad.
-Es conocido tu vínculo de más de 40 años con Juan Campanella. ¿Alguna vez te tentaste con dirigir?
No, no. Te diría que es al revés: en teatro él me ha intentado convencer de dirigir (Risas). No siento una marcada vocación o necesidad de hacerlo. Sinceramente. Es posible que cuando me llegue alguna vez un material que no me incluya como actor y me seduzca, capaz que puedo hacerlo. No digo que no al teatro (otra cosa seguro que no), pero a mí me gusta actuar. Lo vengo haciendo desde hace años, no me falta trabajo, soy feliz haciendo lo que hago.
Capaz que alguna vez lo hago, pero tiene que ser un material que me signifique algo especial. Por cualquier motivo; no es que tenga que ser alguna obra de envergadura. Y tengo que estar con la agenda disponible para que eso pueda seceder. Necesitas tiempo disponible y ni hablar para hacerlo por primera vez.
-¿Cuál es la función del teatro en tiempos en que prevalece el malhumor social?
No creo que sea especialmente de algún momento: el teatro nos viene acompañando de hace siglos y ha sobrevivido a todo. Ha sobrevivido a la radio, a la televisión, al cine… y a las plataformas, que hoy nos visitan como cosa nueva también. Creo que en el teatro la gente va a encontrar algo que no va a encontrar en ningún otro sitio. Con o sin mal humor, en búsqueda de algo, solo como entretenimiento o para lo que fuera: hay una gama amplia de colores en el teatro. Ni hablar en una Ciudad como Buenos Aires, donde tenés para elegir entre el teatro independiente, el oficial y el teatro comercial, con propuestas de lo más variadas.
Creo que es el único lugar donde la gente puede ver un hecho vivo, comunitario. Ya ni siquiera el cine, que por supuesto no como era antes, claramente, porque han cambiado muchas cosas, sobre todo a partir de la pandemia, y es más difícil encontrar un montón de gente en el cine compartiendo una película. Porque además están las plataformas y ese ritual se ha ido desfigurando un poco. Sin embargo, en el teatro no: es el único lugar donde ves a los actores y a lo que está sucediendo en vivo, esa vez y por única vez. Inclusive aunque vuelvas al día siguiente a ver la misma obra, con los mismos actores: va a ser una vez distinta. Esa única vez, con esa adrenalina que se supone el vivo -y si además depende el tipo de cosas que te guste elegir-, te puede ayudar a cambiar el mal humor. Que puede ser social o personal, porque cada uno va a la función con su historia datrás. Y a veces hay historias que favorecen para que ese nudito que tenés en ese momento se pueda desarticular. Como si el teatro fuese un osteópata que te saca algún nudo de la espalda. ¡No vayas al osteópata: vení a vernos!
–Empieza con D, siete letras, es la alternativa teatral. A esta posibilidad se agrega ahora Parque Lezama, un clásico del teatro argentino que va a tener su versión en cine.
¡Sí! ¡Y quedó hermoso! Creo que en el caso de Beto Brandoni es la tercera vez que le pasa, que después de haber hecho una obra de teatro se convierte en película. A mí es la primera. Y poder coronarla con la película es muy emocionante. La vimos, nos encantó y además es una experiencia rarísima, porque después de 1.300 funciones nos vimos por primera vez.
-¿Creés que Empieza con D, siete letras tiene destino de película?
¡Qué curioso! Juan tuvo la propuesta a la semana de haber estrenado la obra. En esos días estaba acá un productor español que ha coproducido muchas de las películas de Juan, y ahí mismo dijo «Juan, hagamos la película». El año pasado nos fue muy bien con esta historia. Esperemos que este año también, pero recién empezamos. Después saldremos de gira. Y después ¿por qué no? la película.
Julia Montesoro


