Fallecimiento del actor popular Antonio Grimau a los 82 años

El actor popular Antonio Grimau, cuyo nombre real era Antonio Rebolini, murió este martes 20 a los 82 años, luego de permanecer varios días internado. Había nacido el 10 de marzo de 1944 en Lanús, en el conurbano bonaerense. La noticia fue confirmada por la Asociación Argentina de Actores y Actrices, que lo despidió con un comunicado en el que señaló que su trabajo en los escenarios y las pantallas “forma parte de la historia del espectáculo argentino”. Había empezado a actuar a los 16 años y sostuvo una carrera que superó las seis décadas.

Aunque el gran público lo conoció primero por la televisión, el cine fue una parte central de su carrera. Su filmografía se extendió desde Buenas noches, Buenos Aires, de 1964, hasta Angélica, de 2020 y reunió títulos de muy diferentes épocas, géneros y características. Su debut cinematográfico se produjo también en los años 60, aunque sería durante la década siguiente cuando su presencia en la pantalla grande adquirió mayor continuidad. Entre sus primeros trabajos estuvieron Rolando Rivas, taxista y La Mary, ambas de 1974, además de El amor infiel, de ese mismo año.

La Mary, dirigida por Daniel Tinayre y protagonizada por Susana Giménez y Carlos Monzón, incorporó a Grimau a un elenco de figuras populares de la época. A partir de allí participó en Los orilleros, La obertura, Proceso a la infamia, …Y mañana serán hombres y De cara al cielo. En los años 80 sumó Ritmo a todo color, El hombre de arena, Los insomnes, Los corruptores y Tres alegres fugitivos, además de Deliciosamente peligrosa, estrenada en 1989.

Su recorrido cinematográfico no fue el de un actor exclusivamente asociado a un tipo de personaje. La televisión le había otorgado una enorme popularidad, especialmente a partir de sus papeles en telenovelas, pero el cine lo convocó para composiciones diversas. Caballos salvajes, estrenada en 1995, significó su regreso a una producción cinematográfica de gran repercusión después de una etapa en la que su actividad había estado fuertemente concentrada en la televisión. En los años siguientes continuó alternando los tres medios, una característica constante de su carrera. Esa amplitud se observa en títulos como La maestra normal; ¿Dónde queda el paraíso?; Secretos compartidos; Mar de amores; Acrobacias del corazón; Nada por perder y Angélica (2020, Delfina Castagnino), su último trabajo para el cine fue Angélica, película dirigida por Delfina Castagnino.

Tuvo un rol esencial en Sandro de América, la miniserie de Adrián Caetano emitida en 2018, donde encarnó a Roberto Sánchez en su etapa adulta. Cuando le ofrecieron el papel, contó después, pensó que estaban locos. El trabajo le valió el Premio Martín Fierro como actor protagonista de unitario o serie y es considerado uno de los más altos de su trayectoria. Más recientemente integró el elenco de Puerta 7, la serie sobre las barras bravas, donde fue Guillermo.

El galán que no se sentía galán

Para la televisión argentina, Antonio Grimau fue durante décadas uno de los rostros más reconocibles de la telenovela. Desde fines de los años 60 y durante las décadas siguientes participó de algunos de los grandes ciclos y telenovelas de la televisión argentina. El bulín, ¡Arriba juventud!, El exterminador, Rolando Rivas, taxista, Con odio y con amor, Ese que no la quiere, Siempre te amaré y Dos a quererse formaron parte de sus primeros años en la pantalla chica. Después llegaron Tu rebelde ternura, Dulce Anastasia, Renato, Trampa para un soñador, Quiero gritar tu nombre y Amar al salvaje.

En años más cercanos se consolidó como intérprete de personajes de mayor dureza, con ciclos como Corazones de fuego, Más allá del horizonte, Por siempre mujercitas, Poliladron, Verdad consecuencia, Para toda la vida, Ricos y famosos, Cabecita y Mi ex. Más recientemente participaría en Soy gitano, Padre Coraje, Sin código, Hombres de honor, Se dice amor, Mujeres de nadie, Vidas robadas, Herencia de amor y Valientes, entre otras producciones.

Sin embargo, él mismo desmentía la etiqueta de galán. En una entrevista reciente contó que nunca se sintió uno, porque esa condición “tiene fecha de vencimiento”, y que lo que hacía era ejercer el rol a través del actor que llevaba dentro. Se definía como un actor al que la vida le había dado el privilegio de representar muchas formas del amor. Le gustaba recordar que pudo recorrer todas las etapas de la televisión, desde las heroínas recatadas hasta las protagonistas libres que hablaban de temas antes vedados, y ver cómo la sociedad se abría paso a través de la pantalla.

Del Chaplin al reconocimiento

Su historia empezó con un aviso clasificado en el diario Clarín que buscaba actores para una obra de Bertolt Brecht. Se presentó a la convocatoria en el teatro Charles Chaplin, en Almagro, y ese fue el comienzo de un recorrido que ya no se interrumpió. A fines de los sesenta empezó a conseguir papeles en televisión, y el teatro lo acompañó siempre. En los últimos años volvió a los escenarios con Hello, Dolly! en el Teatro Opera. También hizo temporadas teatrales en Estados Unidos, en ciudades como Las Vegas y Los Ángeles.

El teatro fue el origen de todo. Grimau llegó a la actuación desde una familia humilde y después de atravesar una adolescencia marcada por pérdidas familiares. En una entrevista publicada a comienzos de 2026 contó que había dejado la escuela industrial y trabajado en un bazar, una fábrica de fideos, una obra en construcción y una fábrica de zapatos antes de encontrarse con aquel aviso que buscaba actores para un elenco en Almagro. Se presentó acompañado por un amigo; su compañero se retiró antes de entrar y Grimau se quedó. El ensayo era sobre Los fusiles de la madre Carrar, de Bertolt Brecht. Le dieron un monólogo para aprender en media hora y, según recordó, cuando subió al escenario sintió una naturalidad que confirmó su vocación.

Su formación posterior estuvo vinculada a Juan Carlos Gené, a quien reconocía como una figura fundamental, y desde 1970 permaneció afiliado a la Asociación Argentina de Actores. En teatro construyó una trayectoria extensa, con obras como El tren amarillo, Los Linares, 30 dineros, Alta sociedad, Vidas privadas, Ladrones a domicilio, Historia de un caballo, Cristales rotos, El acompañamiento, El reñidero, El anatomista, El precio, Segovia (o de la poesía), La mandrágora, Guayaquil: una historia de amor, La gata sobre el tejado de zinc caliente, El avaro, Hamlet, Hello, Dolly!, Rotos de amor y La ternura.

Entre esos trabajos hubo uno especialmente significativo: Los invertidos, de José González Castillo, dirigida por Alberto Ure en el Teatro San Martín en 1990, donde compartió elenco con Cristina Banegas y Lorenzo Quinteros. La obra fue uno de los momentos destacados de su trayectoria escénica y consolidó su relación con un teatro de búsqueda que convivió durante años con su actividad en la televisión comercial y el cine.

Grimau nunca entendió la actuación como una actividad de la que hubiera que retirarse. En enero de 2026, mientras preparaba Vamo’ los pibes junto a Osvaldo Laport, Raúl Lavié y Osvaldo Santoro, hablaba de la necesidad de mantenerse activo. “No” fue su respuesta cuando le preguntaron si alguna vez había pensado en retirarse. Su argumento era sencillo: mientras hubiera salud y fuerzas, siempre habría personajes.

Aquella entrevista también permitía observar una dimensión menos conocida de su vida. Durante la pandemia había sufrido varias internaciones por Covid y en una de ellas permaneció más de un mes internado y perdió 22 kilos. Durante ese período volvió a la pintura, una actividad que había cultivado durante años en los intervalos de su trabajo como actor. El arte, dijo entonces, había aparecido muchas veces como una forma de sostén. También había sido así en momentos personales especialmente difíciles.

Detrás de la elegancia con que lo recordaba el público hubo una vida atravesada por golpes. En su adolescencia perdió a parte de su familia en un lapso de apenas siete meses, una experiencia que lo marcó. Con la actriz Leonor Manso, su pareja en los años setenta, tuvo a su hijo Lucas, quien murió muy precozmente. Grimau habló de esa pérdida con una franqueza poco habitual, y la describió como “un agujero en el alma para siempre”. En una de sus últimas entrevistas dijo que no se había enojado con Dios, sino, tal vez, consigo mismo, por pensar que haber estado más cerca de su hijo podría haber ayudado. Tuvo además otros dos hijos, Luciana y Antonia.

En 2005, la Asociación Argentina de Actores y el Senado de la Nación le otorgaron el Premio Podestá a la Trayectoria Honorable. Era el reconocimiento institucional a un recorrido que no podía reducirse a un solo medio ni a un único tipo de personaje. Grimau había sido galán, villano, protagonista, actor de reparto y figura de reparto en películas, telenovelas, unitarios y obras teatrales. Había atravesado generaciones de espectadores y transformaciones profundas de la industria audiovisual argentina.

El apellido que eligió

Antonio Grimau no nació Grimau. Su nombre verdadero era Antonio Rebolini, y con ese apellido hizo sus primeros trabajos como actor. Contó que los productores le decían que no sonaba bien. La solución llegó en el teatro Charles Chaplin, de Almagro, donde había empezado a los 16 años. Allí escuchó una canción sobre el asesinato de Julián Grimau, se interiorizó de su vida y decidió tomar su apellido.

Julián Grimau García fue un dirigente del Partido Comunista de España, detenido en Madrid en 1962 y fusilado por el régimen franquista el 20 de abril de 1963, pese a las protestas internacionales. Su caso conmovió a intelectuales y artistas de todo el mundo, y la pintora portuguesa Paula Rego le dedicó un retrato. Para el joven Rebolini, huérfano desde los 12 años y recién llegado al teatro, aquella historia dejó una marca. Así, un nombre de escenario nacido de una canción terminó siendo el que lo acompañó durante más de seis décadas.

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