Rómulo Berruti murió el pasado domingo 22 a los 88 años. El mismo día, como cada domingo, que se emitía su programa radial Plumas, bikinis y tango en La 2×4, la radio de la ciudad. Había elegido ese espacio como refugio en sus últimos años, después su prolífica labor como periodista de espectáculos y cultura. Dando sobradas muestras, además, de que pertenecía a la vieja escuela del periodismo: aun cuando atravesaba algunos malestares, acudía a su programa por lo menos una hora antes del comienzo para repasar y preproducir aquello que saldría al aire. Estudiaba con interés las características de los entrevistados de cada semana. Y procuraba darle un marco propio, desde su doble lugar de contador de historias y testigo de época, a los tangos que preparaba semanalmente el área de Discoteca de la emisora, que triste e infortunadamente hoy se encuentra en proceso de licitación para su privatización.
Berruti -socio de Argentores y de APTRA, entre otras entidades que lo reconocían como destacado profesional- hizo un culto de ese estilo «old school». Nunca abandonó los principios esenciales de la profesión: sabía de qué hablaba (algo que parece esencial y que sin embargo hoy no parece un valor a considerar), era respetuoso con el interlocutor, no pretendía provocar y le interesaba más una buena conversación que ganar un clic.

Si todo eso no fuera suficiente, pasó a la historia de la televisión argentina gracias a Función privada, ciclo que generosamente condujo junto a Carlos Morelli durante largos años, y que permitió que nuevas audiencias, cautivadas por los relatos de sus conductores, se acercaran al cine a través de la televisión.
La noticia de su muerte se conoció el lunes a la tarde. La Asociación Argentina de Actores comunicó: «Despedimos con profundo pesar a Rómulo Berruti, destacado periodista especializado en cultura y espectáculos, cuya trayectoria dejó una huella imborrable en la difusión del teatro, el cine y la actividad artística de nuestro país».
«Con profundo dolor despedimos a nuestro socio Rómulo Berruti, figura ineludible del periodismo de espectáculos y de la difusión cultural en nuestro país, quien falleció ayer en la Ciudad de Buenos Aires. Desde Argentores, enviamos nuestras más sinceras condolencias a sus familiares, amigos y colegas en este difícil momento», expresó la entidad que nuclea a los autores.
Nacido en Buenos Aires el 23 de octubre de 1937, Berruti forjó una trayectoria de más de seis décadas, caracterizándose por su profundo conocimiento del teatro, el cine y la música popular argentina. Su vocación estuvo ligada desde muy joven a los escenarios, impulsada en gran parte por su tío, el recordado dramaturgo y expresidente de nuestra entidad (1940-1942), Alejandro Berruti.
En la prensa gráfica, dio sus primeros pasos en 1960 en el diario El Mundo y en el vespertino Crítica. Sin embargo, fue en el diario Clarín donde dejó una marca indeleble durante 26 años: no solo se desempeñó como jefe de Espectáculos, sino que fue el creador de la emblemática sección “Telones y Pantallas”. Asimismo, aportó su pluma y su aguda mirada crítica en publicaciones como La Prensa, Somos y Gente.
La radio fue otro de sus grandes espacios de pertenencia. Berruti brilló en programas como “Detrás del espejo”, que se mantuvo al aire ininterrumpidamente por 15 años, y desde 2008 condujo “Plumas, bikinis y tango”, un sentido homenaje a la época dorada de la revista porteña y a la identidad musical de Buenos Aires.
Por su destacada e incansable labor, fue galardonado con el Premio Konex en 1987 y se desempeñó como jurado de prestigiosos galardones como el María Guerrero, el Martín Fierro y el Cóndor de Plata, además de participar en múltiples ediciones del Gran Jurado de los propios Premios Konex.

El cine también recogió su figura a través de Cracks de nácar (2011), de Daniel Casabe y Edgardo Dieleke, presentada en el BAFICI.
La primera extrañeza que hay que atravesar es la del título, que parece en otro idioma. Crack es una voz inglesa, ya aceptada en la Real Academia Española, que significa deportista de extraordinaria habilidad. Y el nácar es una sustancia orgánico-inorgánica que se usa, entre otras cosas, para hacer botones. Segunda extrañeza: ésta es una película sobre botones (de los de la ropa, pero fuera de ella) que juegan al fútbol. ¿Fútbol con botones? Sí, pero los botones no se mueven solos sino que son movidos por Rómulo Berruti y Alfredo Serra, veteranos periodistas, amigos de larga data, eximios conversadores (y bebedores de whisky) y apasionados de los botones futbolistas. No cualquier botón es un crack, y tanto es así que los elegidos son personalizados y bautizados con nombres como Bordenave o Rojas. Cracks de nácar es una película sobre un juego singular, pero también, y sobre todo, un plácido, fluido retrato de una amistad unida por el placer de la anécdota, la conversación afilada, la mirada zumbona sobre el mundo, y con la sofisticada inteligencia (que comparten Berruti, Serra y el film) de reírse de uno mismo. (Catálogo Bafici).
Su gran compañero de equipo tanto en la prensa gráfica como en televisión, Carlos Morelli, lo despidió de esta manera:

Adiós al amigo y compañero de “Función Privada”
¡HASTA EL SÁBADO, RÓMULO!
Nos habíamos conocido en 1965, y en Mar del Plata. Por entonces, él era crítico teatral de Clarín y yo colaboraba en La Nación, haciendo críticas de cine y notas para el “huecograbado” del fin de semana. Allí y entonces habíamos ido, casi en modo “vacaciones profesionales”, invitados a la presentación de un espectáculo de revista producido por el Teatro Maipo porteño. Así, entre plumas y monólogos políticos, empezarían nuestra amistad, nuestras coincidencias y nuestra pequeña, feliz historia en sociedad.
Dos años después, Rómulo Berruti “me llevó” a su diario, al que ingresé como “aspirante” y llegaría a ser Prosecretario de Redacción a cargo del Suplemento de Espectáculos, contando siempre con él como Jefe de Sección. A la vez, ambos continuaríamos ejerciendo activamente en esas páginas como críticos, en nuestras respectivas especialidades.
Y, de pronto, la radio, con una incorporación de ambos al elenco del exitosísimo ciclo “El Clan del Aire” en las mañanas de Radio Mitre. Y después la televisión, con un pasaje inicial por la legendaria “Buenas Tardes, Mucho Gusto” y un posterior anclaje, siempre en el Canal 13 de Goar Mestre y “los cubanos”, en aquel ambicioso noticiero de la medianoche que se llamó “Actualidad en 24 Horas”. Y hubo bastante más, en ambos medios. Hasta que en 1977 aterrizamos en el viejo Canal 7, y en su trasnoche de los jueves, con un programita, “Microcine 7”, que fue, seis años antes, el primerísimo embrión de nuestra marca, de nuestra propuesta y de nuestra huella esenciales y definitivas, ya en un país diferente.
En el medio haríamos otro “ensayo general” de lo que soñábamos con “Sábado Segunda Noche”, compartimos las célebres veladas con chambergo y llavero de Augusto Bonardo en “La Gente”, y nos convocaron para distintos “especiales” en la hoy Televisión Pública.
Hasta esa tarde de 1983 en que el recordado Miguel Ángel Merellano, Director General del canal estatal una vez concretada la resurrección de la democracia en el país, nos llamó para decirnos: “Muchachos: de ahora en más, cine argentino. Con lo mejor de lo mejor. Lo nuevo y, especialmente, lo viejo que la tele nunca mostró. Sin miedo ni a la fecha de producción ni al blanco y negro. ¡Ah!: y van a ir los sábados y en horario central. Si les gusta, bien. Y si no… Eso sí: el título lo ponen ustedes. Tienen una hora para decidirlo”.
Después del primer café con Merellano, el segundo fue a solas, y en el emblemático “Rond Point”. Ahí tratamos de digerir la sorpresa y el peso del encargo. Deliramos modestas exigencias para condimentar y, de alguna manera, personalizar el ciclo que debíamos sacar adelante: de allí surgirían las “travesuras” con las viejas ediciones de Sucesos Argentinos y del Noticiero Panamericano, y la temeraria jugada con los paleozoicos episodios de la serie “Flash Gordon”. Y, fundamentalmente, nos abocamos a elegir un rótulo para la mucho más que incierta aventura. ¿Qué resolvimos?: trasladar a la difusión de la cinematografía nacional y al “prime time” el titulito que veníamos usando en la invisible medianoche de los viernes para presentar módicos productos extranjeros, esencialmente hollywoodenses.
Allí nació otra “Función Privada”. La segunda y definitiva. La que sumó otros doce años en Canal 7. Y luego estuvo cinco más en Space, como nueva mimada de la televisión por cable. La que dejó una impronta, forjó algo parecido a una leyenda, y, hasta hoy mismo, nunca se fue de las retinas, los afectos y la gratitud de su gigantesca platea.
Y, siempre, con Carlos y Rómulo, Rómulo y Carlos. Con la cara de Marilyn y con la música de “Amarcord”. Con la barra y con la champagnera. Con Susana Tenreiro, enorme productora. Con mi hijo, Ignacio, dirigiendo las cámaras; y con mi hija, Gabriela, controlando la ambientación.
Ahora, Rómulo nos dejó. Y el vacío es tan abismal como doloroso. Pero también la memoria es tan indeleble como estimulante. Por eso prefiero regresar a ese pasado que se confunde con el presente, levantar con mi amigo y mi compañero la copa del cierre de cada emisión, y despedirlo, apenas, hasta el sábado que viene.


