Gastón Pauls tuvo un doble motivo para celebrar su presencia en el 29° Festival de Málaga, que finalizó el domingo 15: por un lado, integró el jurado de la Sección Oficial. Por otro, como coprotagonista de Nueve reinas, participó del homenaje que el festival le brindó a Fabián Bielinsky.
-El Festival de Málaga propuso en esta edición 22 películas en esta sección oficial. ¿Cómo te llevás con esta maratón de cine?
Bien. Me gusta mucho ver cine siempre. Lo bueno de los festivales, además, es que uno ve películas que difícilmente pudiera ver de otra manera. Es casi imposible que uno vea ciertas películas en una pantalla grande en Argentina. Sí, después por ahí las podés ver en una plataforma, que no es lo mismo para mí. Ese espíritu que tiene el cine -la sala, el silencio, las luces que bajan-, me lleva a mis primeros años de vida con mi familia yendo a ver una película. Una maratón así por momentos es un poco cansadora porque hay que estar emocionalmente preparado, con la energía para estar atento. Uno como jurado trata de observar el trabajo, la luz, los tiempos, la música, las actuaciones: hay una atención especial. Y después de la tercera o cuarta película del día, las energías obviamente bajan. Pero estoy muy contento y agradecido también. Y además es una bendición poder venir a España, donde filmé y tengo muchos amigos, a ver cine.
-El festival entregó una Biznaga de Honor a Martín, el hijo de Fabián Bielinsky. ¿Quién era Bielinsky cuando te llegó con el papel? ¿Qué viste vos, figura de la televisión, en ese rol de una película rodada por un operaprimista y rechazada durante diez años por los productores?
Siempre lo recuerdo a Fabián. Cuando uno habla específicamente de él está muy presente. Me lo había cruzado algunas veces en algún que otro rodaje, él como asistente de dirección y yo, yendo a visitar gente en un rodaje. En 1999, unos meses antes del rodaje de Nueve reinas, empezamos a hablarnos. El tenía muchísima experiencia y me pareció un loco. O sea: uno hablaba con él y entendía que ya tenía la película en la cabeza muy claramente, desde los tiempos y el guion, que era un guion de relojería. Todo funcionaba como un engranaje perfecto. Me acuerdo que en esa primera charla me dije: «Está con un problema, tiene un TOC con la vida (todavía la palabra TOC no era tan común) ¿Por qué tanta obsesión con ciertos tiempos, con el ritmo, con el tipo de actuación que quería entre Ricardo y yo?». Después, cuando lo vi en rodaje, entendí que eso no era casualidad, sino algo que él ya sabía que quería, desde el principio hasta la edición final.
-Ahora, vos venías de la televisión, de tener una gran repercusión en la televisión. Fabián era alguien conocido en la industria, pero era un operaprimista. ¿Qué te llevó a vos a pensar: «Bueno, yo acepto, me juego por él»?
Alguna vez conté que cuando me llegó el guion, lo terminé de leer y llamé a mi representante en ese momento, Jorge Brunelli, para decirle que no lo entendí. Me respondió: «¿Cómo no entendiste?». Le contesté que no entendí el final. Y él me dijo: «Pero el final es toda la película; si no entendiste el final, no entendiste la película». Entonces le comenté: «Bueno, debo ser un idiota, pero no entendí el final». Inmediatamente me lo contó. Allí me di cuenta y le respondí que quería hacerla.
Curiosamente, la película empezaba y terminaba de otra manera. De hecho, al final lo filmamos dos veces. Siempre era un truco, todo era un plan, pero terminaba de otra manera.
Mi personaje en la película lo iba hacer Leonardo Sbaraglia y el de Ricardo Darín el Puma Goity, pero a mí no me importaba: aunque tenía mucha actividad, quería hacerla. De hecho, ese año filmé tres películas: además de Nueve reinas, rodé Nueces para el amor, de Alberto Lecchi y Felicidades, una película de Lucho Bender que yo amo.
–Qué cercano a Bielinsky era Lucho Bender en su forma de concebir el cine, ¿no?
Absolutamente. Una tristeza inmensa también que haya fallecido tan joven y con tanto camino por recorrer. Tanto Fabián como Lucho eran directores debutantes, eran sus óperas primas. Y la primera película que filmé post Nueve reinas, después del éxito, fue otra ópera prima: Sábado, de Juan Villegas. Hay algo en la ópera prima que me atrae y es que el director no arrastra los vicios de alguien que tiene varias películas antes. A veces tiene tanto para contar que decís: «Bueno, pará, no te va a entrar en 90 minutos». Pero me atrae el operaprimista por su pasión.
-Como protagonista que engaña a todos, ¿cuál fue tu reacción al leer el guion final y descubrir que vos también eras una víctima del plan de Bielinsky?
Había algo que tenía Fabi y es que era muy convincente en lo que hacía. Era un apasionado absoluto. De hecho, en gran parte —no podría opinar por qué ocurrió— que no esté más en este plano también tiene que ver con su pasión. Todo lo vivía con una energía tal que no le podíamos decir que no. Si me querés engañar, engañame. Si querés hacer con nosotros lo que quieras, nos entregamos mucho a ese sueño, a ese juego, a esa propuesta. Creo que ahí radica todo. Era como un mago. Al mago le creemos y hay un punto donde no sé si tengo ganas de descubrir su truco. A un buen mago le decís: «Engañame. Yo ya sé que hay un doble fondo, una carta de más, un dedo falso o que te guardás algo bajo la manga. No me importa. Contámelo que yo lo voy a creer». Algo de eso había en nosotros en relación a Fabi; le creíamos y dejamos que él manejara el barco.
-Si hay un antes y un después en tu vida con Nueve reinas, ¿cuál es la cara lumunosa y cuál la oscura que aparecieron tras el estreno?
Este camino del arte, de la expresión, va absolutamente de la mano con la vida. Oscar Wilde diría: «La vida imita al arte». Para él, estaba primero el arte y después la vida. Pero hay algo ahí que me pasó con Nueve reinas: fue, sin ningún lugar a dudas, cinematográficamente el momento más alto. Seguramente casi para todos -salvo Ricardo, podría pensar-, es muy difícil hacer una película que tenga el reconocimiento, la crítica, la popularidad, el prestigio y que envejezca bien. Yo cada vez que veo una lista de las 20 mejores películas de la historia argentina y ponen a Nueve reinas pienso: «Wow, estuvimos ahí». No voy a opinar sobre eso, pero sí que veo que la gente la toma como propia. Como con Esperando la carroza o El hijo de la novia, por mencionar películas de los últimos años. Es una de las películas más queridas: se pasa en televisión y la gente la vuelve a ver una y otra vez. Es un momento top, luminoso.
Así como también hubo caídas, golpes, momentos donde me cansé del medio mismo, donde no tuve ganas de trabajar, gente con la que tampoco me interesa estar ya. Esas son las pruebas de algo que me dijo hace muchísimos años Alejandra Darín: «Gastón, esta no es una carrera de 100 metros, sino una maratón. Vas a ver algunos que te pasan, pero que se van a cansar a los 10 metros. No es un tema de quién gana la carrera, sino de sostener el ritmo. En un momento te vas a quedar sin aire, regulalo y volvé a acelerar».
Lo aprendí claramente con Nueve reinas. Fabi estuvo muchísimos años con un guion que no podía filmar y hasta le hicieron creer que era un mal guion. El me lo dijo. No voy a decir públicamente el nombre, pero hubo gente que le dijo: «No está bueno este guion, ¿por qué no hacés otro? ¿Por qué no seguís trabajando como asistente de dirección?».
-¿Eso lo entendiste ahora o lo fuiste aprendiendo en el camino? Porque debe ser muy fuerte tener tanta repercusión como la que tenías vos en la televisión y después con una película como esta.
Lo fui aprendiendo a medida que fui avanzando. Y lo sigo aprendiendo. Por ahí yo ahora digo: «Bueno, ahora estoy de nuevo en Málaga pero como jurado». Uno se puede creer el escaloncito de 10 centímetros y decir: «Llegué a la cima del Everest». También podés llegar al Everest y decir: «Ah, pero estoy solo, no me gusta tanto». A esta altura lo tengo bien claro: después del festival hago un viaje de unos días con mis hijos. No tengo dudas de dónde está el éxito: en el viaje con mis hijos. Que va de la mano de que me vaya bien con mis cosas, claro. Pero si me va súper bien con mis cosas y no puedo disfrutar una tarde con mis hijos, no soy exitoso: algo está funcionando mal en la ecuación.
Algo más que en una sociedad como ésta, está mal visto: aprendí claramente que mucho más de los golpes, de las caídas, de las torceduras de tobillo, la sociedad descalifica el error. Y yo para aprender a caminar tuve que caerme de chiquito. Nadie en su primer intento caminó, así como en su primer intento de hablar recitó el Quijote de la Mancha. Lo interesante de una caída es la revalorización del error, no la descalificación.
-Veinticinco años después del estreno de Nueve reinas, cuando la volvés a ver, ¿qué redescubrís de esa experiencia?
Hay un libro que me encanta sobre el tema: se llama Verdadero y falso y es de David Mamet. Habla de la actuación y dice que si el guion está bien escrito y el actor está abierto, no tiene que hacer de más para volar. Como dice él, un piloto de avión no hace de más para que el avión vuele más; toca los tres botones que tiene que tocar, tira de la palanca y el avión vuela. El actor tiene que hacer lo mismo: tiene que dejarse llevar por dos o tres cosas y decir su verdad.
Nueve reinas estaba bien escrita. Entonces, Ricardo y yo no tuvimos que hacer casi nada. Esto es real. Sí poner el cuerpo y conectar entre nosotros; mirar a tu compañero a los ojos y decir la verdad.
Lo que aprendí es a tratar de elegir cosas que me gusten, que estén bien escritas, aunque también me pueda equivocar y ahí aparece la revalorización del error. Confiar en eso e ir. Y confiar en el director que maneja el barco, porque el actor a veces quiere, sobre todo cuando ya tiene cierta chapa y ciertos años, dirigir la película porque cree saber todavía más que el director, que el productor, que el guionista, que el iluminador, que el cámara, que el vestuario, que todos. Y el cine es un trabajo de equipo. Lo aprendí cuando hice Nueve Reinas. Allí había un director manejando un barco. Pero hubo un día en que hubo un error durante el rodaje. Se acercó un chico que era como tercer asistente de producción y le dijo a Fabián que le parecía que había un error. Y Fabián respondió: «Tenés razón». Y volvió a hacer la escena. Eso significaba dos cosas: que todos están en el barco, cada uno ocupando su rol pero viendo lo que está haciendo el resto y también que había un director lo suficientemente permeable. Eso representa el trabajo en equipo.
-Mariano Frigerio rodó Nueve auras, documental en el que además de participar, volvés a recorrer escenarios y situaciones de Nueve reinas. ¿Qué te entusiasmó de la iniciativa?
Siempre que hablo de la peli me da una sensación agridulce. ¡Siempre, hace muchos años! Porque sigo hablando de una película hermosa, con la que me fue bien, por la que me reconocen, a la que la gente la quiere y le gusta. Pero no está Fabián. A veces elegiría que la película tuviera un poco menos de reconocimiento, pero que esté. Porque estaría con Martín, porque me sentaría a comer pizzas en su casa, porque hablaría de cine, de pasión. Cuando presentamos la película en el Festival de Málaga pensé que recorrer los lugares me llevó inmediatamente a entender más la película todavía, a entender más la pasión de Fabi, el riesgo de Fabi. Era certero, pero arriesgado a la vez.
Y recorrer los lugares 25 años después también me hizo ver en perspectiva lo que hicimos y lo que hacemos, porque seguir acompañando la peli de alguna manera es mantenerla viva y es seguir aprendiendo. Yo sigo aprendiendo. La última vez que vi Nueve reinas descubrí que al final todo es una mentira y mi personaje no aprende nada porque le sigue mintiendo a Leticia en la última escena. Mentir y engañar es como más fuerte que él. Yo sigo aprendiendo y de eso me di cuenta también cuando acompañaba Nueve auras en los distintos escenarios.
-¿Te preguntás cómo una película puede tener 25 años después esta vigencia?
Gracias a Dios, creo yo…
-¿Era un visionario Fabián Bielinsky?
En muchas cosas, sí. Gracias a Dios nadie sabe por qué una película es un éxito, porque si no el mundo estaría lleno de películas que seguirían fórmulas, no habría búsqueda. Copiaríamos un manual que dice cómo hacer algo exitoso y todos haríamos películas exitosas, lo que sería peligroso también porque a veces hay mensajes que, si son vistos por el gran público, es peligroso. No tengo muy claro por qué 25 ó 26 años después la gente la sigue viendo. Me pasa en la calle algo que solo pasa con programas de los que te repiten frases. La gente me dice: «¿Cómo era la canción de Rita Pavone? O “Putos no faltan, lo que faltan son financistas”. O sea, todas las frases de la peli. Eso es porque, evidentemente, Fabi logró algo muy difícil, que es contar una historia muy bien contada, muy inteligentemente contada, muy precisa. Él nos transmitió tanto a Ricardo, a Leticia, a Tomás, a Roly Serrano y a cualquiera de nosotros lo que quería de manera muy simple. En ningún momento yo dije: «¿Qué era lo que quería Fabián?». Y eso que estoy en todos los planos de la película, arranco la película y la termino.
-¿Cómo fue la relación director-actor durante el rodaje?
Yo no tenía tantas películas en mi haber y podría haber estado muy nervioso, pero estaba súper tranquilo porque ya sabía lo que tenía que hacer. Fabián las dos o tres veces que yo dudaba con alguna cosa, me decía: «Es por acá». Y si alguna vez hasta le dije a Fabi: «Che, ¿y si hago esto?» y me respondió que sí. Pero teníamos todo muy claro. No siempre pasa y creo que el éxito de la peli es eso: es un cuento muy simple -una jornada entre dos personas a lo largo de 24 horas-. Pero en esa simpleza y a la vez complejidad de guion está el secreto.
-Hace un tiempo que no estás haciendo cine. ¿Qué buscás para volver al cine? ¿Un personaje, el director, la propuesta, el equipo?
El año pasado }dije que no a cuatro pelis y no lo digo agrandado: estaban bien algunas y otras más o menos para mí, porque no me interesaban en ese momento de mi vida. Tengo 32 años de trabajo y 73 películas entre protagónicos, participaciones, reparto. Es un montón. A veces lo pienso y digo: «Uf, ¿cómo fueron tantas? ¿En qué momento fueron tantas? ¿Qué pasó?». En realidad, lo que debe tener para mí una peli, seguro, son dos cosas de las que hoy hablé: verdad y riesgo. Riesgo en el sentido de búsqueda. A veces siento que un proyecto repite alguna fórmula que ya conozco y no la volvería a hacer porque ya la hice, ya aprendí eso que tenía que aprender. Me pasa lo que le pasa a un niño cuando le dan un juguete nuevo. En el momento en el que le encontró el sentido al juego, se va a otro. Cuando entendieron el mecanismo pasan a otro, porque la vida te da algo nuevo para aprender. Muchas propuestas son como fórmulas que ya vi, como comidas que ya comí. Me digo: «Quiero sabores nuevos, riesgos nuevos», porque para mí sigue siendo parte del aprendizaje de la vida, ni siquiera de la actuación. Me tiene que dar algo nuevo para crecer, si no estaría haciendo siempre lo mismo. Y yo soy actor justamente para hacer cosas distintas.
Por otra parte, escribí cuatro guiones. Además tengo previstas dos películas para este año, más una película en Chile que voy a comenzar en estos días, otra en Colombia llamada Vidas al borde de un amigo, Alejandro Aguilar y estamos ahí definiendo otra que se llama El cruce. De los cuatro guiones que escribí, uno está avanzando muchísimo. La intención es comenzar a filmar a fin de año.
-¿Como director?
Como director.
Julia Montesoro / Desde el Festival de Málaga


