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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Natalia Oreiro recibió la Biznaga de Honor en el Festival de Málaga: «Por mi personalidad busco personajes dramáticos, comprometidos con historias reales»

Natalia Oreiro recibió una Biznaga de Honor por su trayectoria en el 29° Festival de Málaga, que finalizó el domingo 15. Además, es la protagonista de La mujer de la fila, la película de Benjamín Ávila que compitió en la sección oficial, y también participó en La casaca de Dios, de Fernán Mirás, que se exhibió también en esta muestra.

GPS Audiovisual fue el único medio argentino acreditado para el Festival de Málaga y realizó una cobertura especial durante los diez días, con entrevistas exclusivas a representantes de la actividad audiovisual argentina.

A partir de la Biznaga de Plata que reconoce tu trayectoria, ¿qué ves mirando en retrospectiva de vos misma?

Fue muy impactante haber regresado a Málaga, porque yo viví en esta ciudad en mi infancia. Cuando llegué, lo primero que hice fue dejar las maletas y volver al barrio donde yo viví de los 6 a los 8 años. Es un lugar llamado Miraflores de los Ángeles. Caminé y reconocí esos pasillos entre el complejo de edificios, vi la ropa colgada de las ventanas, la plaza…. Era el horario de la salida de la escuela y vi a muchas madres con sus hijos, muchos inmigrantes y me dije: «Yo era una de esas niñas». Y me emocionó mucho porque hace un tiempo largo yo ya vengo sintiendo como una pérdida de mi identidad. Hay un trabajo muy fuerte -creo que de la mayoría de los actores y de las actrices-, de buscar vaciarse para poder llenarse de otro personaje y desaparecer. Y eso, que es conciente desde la técnica, es inconciente en lo que te genera. Yo estoy sintiendo eso. Siempre me consideré una mujer con carácter fuerte, con ideas claras, determinadas; sabía exactamente lo que quería y lo que no quería toda mi vida. Y desde hace unos años estoy en una búsqueda mía, de reconocimiento. Obviamente el contexto coyuntural, social, político y mundial me tiene muy atravesada. Pero vengo teniendo esa sensación de vaciamiento para que profesionalmente puedan entrar las Andreas, las Claudias, las Evas, las Miriam. Así que cuando me senté ayer me embargó la emoción de decir: «Esta soy yo, esa niña inmigrante, o sea, que hace 40 años vino porque sus padres vinieron a buscar un futuro que no fue dado y que regresó; y que a los 16 hizo lo mismo sola para irse a vivir a Buenos Aires». Tuve esa sensación de resiliencia también, de reconocer que esa soy yo. Y que volví a Málaga con este reconocimiento a mi carrera actoral, luego de haber estudiado aquí y vivido aquí. Es muy conmovedor.

-Algo de tus raíces están aquí.

Totalmente. Mis raíces son del Cerro de Montevideo, pero dejé el Cerro para venir a Málaga y después volví al Cerro a la casa de mi abuela. Todo eso que sucede en la infancia te queda marcado tan fuerte que todo lo que te ocurre después surge a partir de ahí.

Viví poco tiempo, pero me quedó el sentido de pertenencia. Volví a recordar los azahares en flor y muchas otras cosas de Andalucía y de mis abuelos también. Ellos eran gallegos, pero fue muy movilizante en lo familiar.

Y también apareció el sentido de pérdida. Esta cosa de ir a una escuela nueva y después volver a otra escuela nueva. Todos esos movimientos que forjaron mi personalidad y que tiene que ver con un poder de adaptación rápido. También en la aparición de nuevos círculos laborales y sociales. Hay algo ahí de pérdida de idiosincrasia, de sentido de pertenencia. Todo es fugaz, pero cuando encontrás algo que te identifica, te reconocés en eso. En esas niñas que cruzaban la plaza, que venían de la escuela con la mochila medio torcida. Esa era yo.

-Ahora, de aquella reina de las telenovelas a una búsqueda progresiva hacia el mundo interior de mujeres reales, como Gilda, Eva Perón, Andrea Casamento… ¿cuánto hay de tu evolución y de tu toma de posición como mujer?

Creo que los personajes que me han permitido interpretar no son casualidades. Creo que uno elige, incluso roles que nada que ver conmigo y que están en la vereda de enfrente de mi humanidad. Hay algo de necesidad de contar o de que algo sea contado más allá del rol que me toque dentro del proyecto. A veces me preguntan si elijo las películas por los personajes. En realidad, yo elijo las películas por lo que tienen para contar y me adapto al rol que me corresponda, ¿no?. Por supuesto, hacer de «novia de…» no me resulta muy gracioso y por eso intento correrme de esos roles. Pero no necesariamente tengo que hacer siempre de Eva. Lo importante y necesario es decir cosas a través de los personajes, a través del cine, que puedan empatizar o correr un velo en cierta parte de la sociedad que pueda estar permeable a verlo. En el caso de La mujer de la fila, mi personaje dice en un momento: «Esto a mí no me puede pasar porque yo soy una persona de bien». Y uno dice: «¿Y quién es la persona de mal?». Esto de creer como sociedad que eso le pasa a un otro y que nunca te va a pasar. Ese prejuicio y esa empatía que genera la película para mí es fundamental. Me pareció muy importante que eso sea visto así.

A propósito de Andrea Casamento, la mujer real en la que se basa La mujer de la fila, ¿cómo fue tu proceso desde el momento en que conociste la historia hasta saber que querías componerla?

Fue inmediato, porque Benjamín Ávila, el director con quien ya habíamos hecho Infancia clandestina, un día me mandó una charla TED de Andrea. Fue una charla increíble: la vi y me enamoré de ella, de su personalidad y sobre todo, de cómo pudo resignificar un hecho traumático que le tocó vivir en algo colectiva y socialmente importante. Ella fundó ACIFAD, una asociación civil para el trabajo y para acompañar a las familias que tienen a alguien preso, privado de libertad. Podría haber quedado en algo que ella quiso olvidar, pero dijo: «No, encontré el sentido de mi vida». Cuando la escuché, con esa fuerza y esa potencia, dije: «Esto es una película maravillosa». Y claramente Benjamín me lo estaba mandando porque tenía ese proyecto. A partir de que él me la manda y que yo le digo que la quiero hacer, empezamos a trabajar.

-¿Cuánto pone una como actriz para hacer creíble a un personaje real?

Tiene que ver con lo que hablábamos al principio: por esta necesidad de vaciarse; vaciarse estética, física y emocionalmente. Dejar a un lado tu propia historia para contar la de otra persona y al mismo tiempo aportar lo más genuino que tengo como actriz que es mi verdad, es mi mirada. ¿Viste que en el cine se nota cuando vos estás realmente pensando lo que está pasando, viviéndolo? Todo el tiempo lucho por desaparecer y al mismo tiempo allí está la Natalia mamá, porque es imposible no sentirme identificada frente a esa circunstancia.

-¿Cuánto influyó en vos como madre (y también como hija) hacer esta historia?

Cuando hice Infancia clandestina todavía no era mamá. Esa era una de las charlas que teníamos con Benjamín y con María Laura Berch, que también estaba y que, además de ser mi amiga, trabajo con ella en casi todas mis películas. Yo les planteaba que «yo no soy mamá», pero había un trabajo de decirse: «¿Cómo será ser mamá?». Porque claramente se trata de tener el corazón fuera del cuerpo, de ese amor incondicional que no se le tiene a una pareja. De pensar en algo supremo y frágil al mismo tiempo, con ese sentimiento de posible pérdida continua. El extremo de que le hagan algo a tu hijo, como en el caso de Andrea y de muchas madres.

Para hacer La mujer de la fila tuve muchas charlas con las chicas de ACIFAD. Y allí advertí que el miedo más grande de ellas era que las llamaran para decirles que habían matado a su hijo dentro de la cárcel. Esa sensación de tener eso todo el tiempo en el cuerpo, si bien es intransferible, es reconocible como mujer. Y una empatiza. O sea, no necesariamente tenés que ser madre para empatizar con el dolor de una madre, porque hay algo femenino de género que está implícito. No estoy de acuerdo con eso de que si no sos mamá no podés sentir como una madre. Nosotras maternamos a nuestras parejas, a nuestros padres, a nuestros amigos. Tenemos ese poder y esa sensibilidad femenina.

-Una vez que te despojaste y te vaciaste para volver a llenarte a través de esos personajes, ¿cómo se sale de ese lugar tan profundo, tan sensible para volver al mundo real?

Me gusta mechar personajes dramáticos con personajes de comedia. Elijo estratégicamente hacer uno y uno. A veces me sale y a veces no, porque quedo muy conmovida, quedo realmente muy embebida de ese dolor. Acepto que otros me digan: «Dale, sos actriz, tenés técnica para eso», pero creo que es el camino de cada persona. Yo quedo muy conmovida y me cuesta mucho llegar a mi casa y olvidarme de todo eso por lo que tuve que atravesar. Entonces, cuando logro hacer una comedia, vuelvo muy feliz a mi casa y me gusta porque la paso bien y me gusta hacer reír. Es esa energía que vibra más alto. Pero al mismo tiempo mi personalidad tiende a buscar personajes dramáticos, emocionalmente comprometidos con historias reales.

-¿Qué debe tener un proyecto para que te involucres?

Es más importante la historia que el personaje. Busco poder estar como intérprete al servicio de contar una historia. Independientemente de si el personaje es destacado para mí, o es distinto, o puede ser un vehículo para poder transformarme. Creo en la historia. Y la historia puede ser mínima. Me gusta mucho poder apoyar óperas primas. Con María Laura Berch hicimos Una noche sin mí, su primera película junto a Laura Chiabrando, una película muy sencilla y muy pequeña, pero profundamente cotidiana. Es la historia de una mujer que como tantas otras, no puede salir de una violencia doméstica socialmente aceptada. Para mí fue importante poder darle voz a esa mujer en ese tipo de cine con esas características. Y también me encanta hacer Campamento con mamá para Netflix y con música, y divertirme con chicos de la edad de mi hijo, y que los chicos de 12 años me saluden, y poder cantar y bailar. La vida también es eso: una alquimia de energías y de sinergias donde puedan haber películas que me hagan feliz a mí y pongan felices a otros, y películas que me hagan reflexionar a mí como mujer y que puedan hacer a su vez reflexionar a otras personas como sociedad.

En ese sentido, ¿hay algo de presión o condicionamiento social para que encarnes roles que respondan a demandas sociales? ¿Sentís que te colocan en ese lugar?

Nunca sentí eso. Pero en sentido contrario, yo quise buscar ese lugar cuando quizás a temprana edad no se me veía allí. Desde muy joven busqué hacer personajes más comprometidos. Y como no venían, tuve que salir a buscarlos. A partir de que los busqué y empecé a hacerlos, surgieron nuevas posibilidades. Creo que cada persona tiene el derecho y el deber de ser fiel a sí misma. Y si una persona no quiere hacer o no quiere decir públicamente, o comprometerse en un trabajo, está bien. Prefiero eso a alguien que impone algo que no es. Me parece que eso es más como una pose. Yo celebro a la persona genuina, y los que genuinamente no quieren, pues está muy bien. Y los que sí lo hacen también son dignos de mi agradecimiento y mi valoración porque se juegan muchas cosas, sobre todo cuando uno está expuesto y da una opinión o decide hacer un personaje determinado, porque claramente el arte es político. Todo hecho lo es. Entonces también tienen mi respeto. Pero no sobrevaloro eso por encima de los que no lo quieren hacer. Yo creo que vivimos momentos… no es que lo vivimos ahora, es parte de la humanidad, pero ahora está como muy exacerbado quizás por la cantidad de información que recibimos de tantos tipos de medios, esto de imponer la opinión por sobre la de los demás. Para mí la estamos cagando porque creo que la aceptación de un otro diferente es fundamental para una sociedad más equilibrada, justa. Hay que saber escuchar y respetar. Yo acepto tu opinión porque es tuya. Ahora, puedo o no respetarla, porque depende de lo que digas, o cómo lo digas, o en el contexto en que lo digas. Pero podés decir lo que quieras, ese es tu derecho.

-Hay una ausencia de debate de ideas. Es casi como hablar de religión, ¿no? Blanco o negro.

O negro. Sí, porque solamente queremos escuchar lo que nosotros queremos escuchar, y es muy difícil cambiar algo cuando solamente las cosas son como yo quiero que sean. Y no es así, nunca fue así.

-¿Cómo sigue tu agenda laboral? ¿Qué privilegiás a la hora de elegir por dónde seguir?

Estoy abierta al Universo. Tengo dos proyectos cercanos con Gael García Bernal muy lindos. Me gustó mucho trabajar con él como compañero y actor y como director también. Me gustaría trabajar con más mujeres directoras. También he tenido la suerte de trabajar con varias y me llevo muy bien con Lorena (Muñoz), con María Laura (Berch), con Lucía Puenzo. Estoy buscando personajes o historias que me conmuevan. Pero creo que también hay una falta en la industria de historias así. Sin querer sonar peyorativa o desde un lugar que no me corresponde, hay como un estancamiento y un achatamiento de ideas. Hay muy buenas películas, pero al mismo tiempo hay mucho de lo mismo. Sí, hay como una falta de ideas, o de ganas de contar esas cosas distintas. Sé que hacer cine es un riesgo muy grande, son inversiones muy grandes, y entiendo que se tienda a ir hacia algo que, a priori, piensen que a la gente le va a gustar. Pero claro, es como decir la fórmula de la Coca Cola, ¿quién la sabe? ¿Quién la tiene?

-Además, si solamente miramos lo que el algoritmo nos marca que nos gusta, nos quedamos con una sola idea del mundo.

Me acuerdo que tenía 18 años y vi La Manzana, que es como una docu-película iraní que me voló la cabeza. Y eso sigue existiendo, por supuesto, y hay un montón de lugares para verlo. Pero a veces leo muchos guiones y tengo esa sensación de saber que a priori subestiman al espectador. Eso me irrita. «Bueno, vamos a decirle diez veces lo mismo dentro de la película por las dudas de que esté mandando un mensaje de texto». A mí me irrita la subestimación al espectador en ese sentido y me niego a creer que haya que hacer las cosas así para que entonces la gente las termine o las comprenda. Dicen que están naciendo las primeras generaciones donde los jóvenes no superan intelectualmente a sus padres. Y eso creo que tiene que ver también con un estancamiento de lo que consumen y en la forma en que lo consumen.

-Es la era de la inmediatez.

-A veces miro la edición en distintos proyectos y digo: «¡Pero si es una película de TikTok!». Porque son corte, corte, corte, corte. No sé si es por algo generacional, pero me parece que estamos perdiendo la posibilidad de contemplar. Además, lo maravilloso que tiene el cine es que cuando vos entrás, el mundo se detiene y la atención está puesta en la pantalla y en la historia que están contando. Por eso me parece importantísimo que siga sucediendo, porque ahí de verdad se da esa magia; no tenés el celular, no tenés que ir a buscar a tu hijo a la escuela. Tu urgencia se detiene para cuando salís.

-Tenés un hijo adolescente. ¿Qué herramientas tiene para seguir el camino que vos proponés?

Creo que uno tiene que ser flexible. Si no, sufrís mucho. No soy yo la persona que va a cambiar eso. Ojalá que sean las generaciones próximas. Pero claro, estamos preparando el terreno para los que vienen, y si no les damos tierra fértil para poder sembrar algo que no sea efímero y que puedan conmoverse, respirar, detenerse… pues la van a tener más complicada. No son los jóvenes los responsables del consumo desmedido de redes sociales. Se lo dimos nosotros. Soy la generación bisagra: no fueron nuestros padres, sino nosotros hacia nuestros hijos. Y lo tengo muy presente. Como madre seguro voy a tener mil errores. Pero creo que, como dice la frase, que la muerte no me encuentre muerta, o sea, que me encuentre despierta.

Julia Montesoro / Desde el Festival de Málaga

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