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Todo el cine y la producción audiovisual argentina en un solo sitio

DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Juan José Campanella estrena «Parque Lezama»: «Quien haya visto mis películas va a ver a la original, la que inspiró a toda mi obra»

Parque Lezama se estrena el jueves 19 y se perfila como uno de los grandes acontecimientos cinematográficos del año, por varias razones: porque marca el regreso de Juan Campanella a la pantalla grande después de siete años (El cuento de las comadrejas, 2019); por la participación de Luis Brandoni y Eduardo Blanco en los roles protagónicos y porque viene de representarse en teatro en más de 1.400 funciones, casi una proeza en tiempos de éxitos fugaces y proyectos truncos.

Campanella reveló los detalles detrás de su relación de cuatro décadas con la obra, desde la versión teatral -original de Herb Gardner- hasta la adaptación cinematográfica, que después de su estreno en salas estará disponible en todo el mundo por Netflix.

-¿Conociste personalmente a Herb Gardner?

No. Lamentablemente no. Conocí a su viuda, Barbara: me invitó a cenar a su casa. Fue un gran gusto.

-¿Cuál fue tu primer contacto con I’m not Rappaport, la obra o el libro?

La obra original. La vi cuando tenía 24 años. Y me obsesioné. Inclusive la vi más acorde a Argentina que a Estados Unidos. Si bien es una obra neoyorquina, urbana, sobre todo de gran ciudad, el personaje de León Schwartz (que interpreta Brandoni), es un personaje de Buenos Aires. En Estados Unidos es muy de Nueva York; en cambio, en Argentina podía representar a todo el país. Me parecía que es mucho más nuestra que de ellos.

-¿En qué momento te diste cuenta que el Central Park podía asimilarse a nuestro Parque Lezama?

Mientras la estaba viendo por primera vez. Me acuerdo que terminó el primer acto y dije: «Es absolutamente argentina». Todo lo que estaba pasando tenía referencias culturales y sociales perfectamente adaptables. Y desde entonces -desde un año después de verla, cuando hice la primera traducción de la obra, hace ya 40 años-, estuve buscando los derechos para hacerla. Es la mejor obra que vi en mi vida. Lo puedo decir porque no es mía, así que no peco de fanfarrón para nada. Además, fue una gran influencia para entender qué historias contar y cómo contarlas. Describiendo algo que parece sencillo pero donde se habla de muchas más cosas de las que se están hablando, con sentido del humor, de la ternura, queriendo y entendiendo a los personajes aún en sus fallas.

-Viviste 20 años a muy pocas cuadras de Parque Lezama, ¿no?

Veinte años a pocas cuadras de Parque Lezama y 20 años a pocas cuadras del Central Park también, así que estuve en los dos lados. La de Parque Lezama fue la casa en la que más tiempo viví en mi vida.

-Y la obra y la película, ¿es un tributo a ese barrio y a ese momento de tu vida?

A ese barrio. Sí, sí. Vos sabés que lo sentí muy cercano. En realidad, siempre pienso que fue un error mudarme. Me mudé por cuestiones por las que uno no debería mudarse; para el trabajo todos los días tenía que atravesar una hora y media de tráfico, ida y vuelta y la verdad que se me hacía pesado. Extraño esa casa como loco. Extraño el barrio como loco. Me encantó volver a filmar ahí, pero es más que nada un homenaje a ese poder sentarse en un lugar en donde… sacando los bosques de Palermo -aunque los bosques de Palermo no tienen clima de plaza-, Parque Lezama es la única plaza o único parque en donde te podés sentar y olvidarte un poco que estás en la ciudad. Tiene un aislamiento del resto de la ciudad que me encanta. Y en los días de semana, especialmente cuando hay poca gente, es maravilloso.

¿Hubo algún momento o alguna circunstancia en que visualizaste que Parque Lezama, después de representarla noche tras noche durante tanto tiempo, debía tener su correlato en la pantalla?

Tengo que admitir que Beto Brandoni me lo venía diciendo desde hacía mucho tiempo. Yo la veía como una obra de teatro. Cuando estuvimos en el Liceo la veía desde un palco en el primer piso o desde el pullman y en el Politeama desde la última fila. Para mí fue siempre como una obra en plano general, para hablar en términos cinematográficos.

Y cuando estábamos por bajar, de terminar para siempre, cuando solo faltaban tres semanas, me dije «La voy a ver de cerca». Me fui a donde pienso que es la mejor fila del teatro. Y ahí, te juro, lloré como el primer día. Y me reí muchísimo. Entonces descubrí dos cosas, que es la gran ventaja del cine sobre el teatro. El teatro tiene una cosa de inmediatez, de realidad y de vida que es imbatible, con la que el cine no puede competir. Pero a la vez tiene la cosa de la finitud y le falta un elemento primordial que es el primer plano. Yo en esa fila descubrí el primer plano: por primera vez después de más de 1.400 funciones la vi en primer plano. Ahí lo decidí: esto es para el cine, hay otra historia para contar, hay unas almas para contar. Y entonces surgió otra cosa: me puse a ver la obra completa, mirando a los que no hablaban. En teatro, el instinto del público te lleva a mirar al que habla: siempre tus ojos van hacia allí. En cambio, en el cine tus ojos van a donde quiere el director, que elige lo que te quiere mostrar. Y hay mucho dicho en las caras de Eduardo y Beto cuando escuchan, cuando sienten, porque son tipos que no se animan a decir lo que sienten, entonces hay que estar mirándoles las caras cuando escuchan. Entre los primeros planos y la posibilidad de poder dirigir dónde se podía mirar, me decidí. Tenía solo tres semanas para pedirle a Paco Ramos de Netflix que viniera a ver la obra y poder convencerlo. La misma noche que fue me llamó por teléfono a la salida y me dijo: «Hagamos la película».

-Eduardo Blanco nos decía que hay un sello Campanella en el manejo de las emociones. ¿Qué cineastas o qué películas contemporáneas te emocionan?

Es que contemporáneamente no hay tantas películas que me emocionen, porque son pocos los que lo buscan. La emoción está como medio desprestigiada, no es cool. Está más prestigiado el distanciamiento emocional. Un director actual que me gusta mucho -y me gusta mucho la elección del material con el que trabaja-, es Alexander Payne. Me gusta mucho, mucho. Hace poco vi Nebraska, la única que me faltaba de ver de su obra y me encantó. La última, Los que se quedan (The Holdovers, 2023), también me gustó mucho. Es el único que busca esa humanidad, esa épica del hombre común y del hombre falible. Lo demás es una desilusión tras la otra.

-Vos solés repetir en las entrevistas que la película que más te conmovió en la vida fue Qué bello es vivir y que la viste 114 veces.

Exactamente 114.

-¿Cómo hacés para llevar esa cuenta? Digo, uno cuenta hasta la tercera, la cuarta, después te perdés.

Esto empezó así: la vi por primera vez en la sala Leopoldo Lugones en en febrero de 1980. No la pude volver a ver hasta un año después, cuando se dio en la Cinemateca. En el curso de ese año había juntado una banda y cuando fui, llevé como a 30 a verla. Porque la película fue un antes y un después para mí; no solo en el cine sino en la vida. Justo en el ’81 salieron los VHS. Y les pedí a mis padres, que estaban haciendo un viaje e iban a traer una videocasetera, que por favor me compren Qué bello es vivir. La primera semana que la tuve en casa no lo podía creer. Capaz que hoy nos sangran los ojos si lo vemos, pero en ese momento era maravilloso tener una película en tu casa, con la calidad que tenía el VHS. En las primeras tres semanas la vi 22 veces. No podía parar, ya me la sabía de memoria. Ahí me dije: «Voy a empezar a contar cuántas veces la veo. Vale la pena porque creo que las voy a ver muchas veces más». Y así fue a lo largo de 45 años.

-Si te acordás la primera vez que la viste, seguro te acordás de la última.

Sí, sí. Se había repuesto en Estados Unidos para Navidad y fui con mi hijo, que nunca la había visto. Justo estaba trabajando ahí, así que lo llevé al cine.

-¿Y qué le pareció?

Le gustó mucho, por supuesto. Por lo menos eso me dijo; si no, sabe que tenía que dormir en la calle (Risas). Después lo escuché hablando con un compañero: «Vos sabés que hoy fui a ver una buena película en blanco y negro, pero muy buena, eh». Como diciendo: «Te tengo que aclarar eso porque era en blanco y negro».

-¿Va por el mismo camino?

No, no por el cine. Le gusta mucho. Y paradójicamente, porque no es muy común a su edad (tiene 16), le gustan más las películas con gente real, ya sea comedia o drama, que las de acción o las de héroes.

-Conecta con las emociones. De tal palo, tal astilla. ¿Te emociona ver tus propias películas? Más allá de que las hayas visto cientos de veces en la sala de montaje.

Cuando pasa el tiempo, sí. Cuando estoy en el medio del trabajo, en el medio del montaje, se pierde esa dimensión. Lo mismo que la comedia, los chistes o las sorpresas. Uno tiene que recordar cuál fue el primer efecto. Pero cuando pasa el tiempo, sí. Hace poquito le estuve mostrando todas las películas y vimos El hijo de la novia y me emocionó mucho. Porque además es la historia de mis padres, o sea que también se mezclaba mucho con extrañarlos a ellos. Y en Parque Lezama hay tres momentos de Eduardo y de Beto geniales, que me emocionan mucho. ¡Y mirá que la terminé hace poquito! Y tiene un final que envidio como autor. ¡Hace 45 años que envidio ese final!

-¿Incorporaste nuevos elementos en la traslación del teatro al cine?

No. La obra no se siente claustrofóbica para nada, porque transcurre en un parque, en un lugar abierto, estamos permanentemente en campo abierto. Además, hubo una experiencia de la película en donde el autor hizo una versión, y creo que en aras de querer agregarle nuevos elementos le sacó potencia. Hay cosas que son mejores contadas por los personajes, como lo cuentan en la obra y en la película, que mostradas en un flashback. Porque no es tanto lo que cuentan, sino cómo lo hacen, qué les pasa cuando lo están contando. Si cambiás eso, estás sacándole el elemento dramático y te estás quedando con el elemento informativo, simplemente para cambiar de decorado. No es necesario. Saqué algunos elementos muy teatrales, algunos truquitos, porque en una película voy por la verdad. Y la actuación es distinta, por supuesto.

-¿Cómo lograste que los actores atraviesen las diferencias entre actuar para una obra de teatro y para la pantalla?

Eduardo estaba muy conciente de esto, porque tiene un trabajo físico muy grande. Lo ensayamos y lo disminuimos a un nivel como para ver a qué distancia está del espectador. Y a Beto, que tiene 200 obras de teatro y 400 películas encima, le dije simplemente. «No es para el gallinero, es para la primera fila». Y listo. Obviamente, después de hacerla 1.400 veces, a veces hacíamos una toma y salía con la potencia de una proyección de teatro. Entonces había que repetirla. Pero son actores de muchísima experiencia y conocimiento de su artesanía en general y especialmente de la obra.

-¿Qué rerefencias buscaste para encontrar el plano exacto?

La primera elección fue: ¿muestro al que escucha o al que habla? En un momento, por una cuestión de ritmo del diálogo había que tener a los dos. Pero yo soy montajista y tengo bastante estudiado el corte: es un pequeñísimo, un sutilísimo coitus interruptus. Cuando el diálogo está muy fluido y tiene que ver con cosas que se enciman, es mejor no cortar. Entonces, buscaba una puesta interna dentro del cuadro. Buscaba al mismo tiempo no estar mucho tiempo en un lugar; el cine tiene una variedad de puntos de vista que es necesaria. Pero busqué que tuviera sentido con lo dramático, con lo que estaba ocurriendo. Entre la decisión de hacerla y el rodaje pasó un año y medio, así que tuve mucho tiempo para prepararla. Pero no busqué situaciones nuevas. Es como hacer la obra de teatro en cine. A mí me encantan estas experiencias: hay muchos ejemplos de películas que transcurren en un lugar acotado. Doce hombres en pugna (NR, Sidney Lumet, 1957) es una de mis películas favoritas de toda la vida. ¡Y esa encima es claustrofóbica porque es adentro de una habitación!

-Vos reivindicás la sala de cine como pantalla natural. ¿Qué te genera haber hecho una película para una plataforma?

Por supuesto que es un tema que pensé demasiado. La película tiene un condimento emocional muy fuerte que creo que sobrevive mejor a la visión de una persona sola. Además de que tiene también muchísimo humor. Siempre está el miedo, pero es una historia humana, como El hijo de la novia o Luna de Avellaneda, que no está actuada para el gag sino por la verdad. Entonces no ocurre que después de un chiste viene el remate. No está pensada para el gag. Nunca lo hice así, igualmente. Creo que se va a vivir muy bien toda la parte emocional. La parte humorística no está pensada especialmente para hacerte reír.

A mí me cuesta reírme solo en casa. Sufro si hay una película como Y dónde está el piloto, cuyo único objetivo es hacer reír con un gag atrás de otro. Si las ves solo los tiempos te parecen largos, porque no hay una historia que te lleve. Entonces veo películas como Qué bello es vivir, o como esta, que además de ser una comedia tiene un componente emocional y me engancho con la historia.

-No sos de reírte entonces mucho…

En casa cuando estoy con gente, sí. Cuando estoy con mi familia, con mi mujer y mis hijos, cuando ya somos cuatro, sí. Pero de largar carcajada yo solo, es raro.

-Sos de la generación que iba a ver tres películas en continuado, ¿no? Hoy los jóvenes hablan de maratonear, ¿cómo te cae ese choque cultural?

Agarré el final de eso, la transición de tres a dos. En los cines de Martínez, como el Astro y otros, daban de a tres. Ya en Belgrano, en el Savoy y el General Paz, daban de a dos.

Los maratones de serie para mí es un halago. Si uno hace una serie y alguien la quiere maratonear, ¡la pucha! Es que le mantuvimos el interés durante ocho horas seguidas solo en la casa. A mí no me gusta tanto el lanzamiento de todos los capítulos juntos, porque parece que la serie que costó un año y medio o dos, en un fin de semana ya la vio todo el mundo. Todo es rápido y pasa a ser la noticia de ayer. Me gustaría que las series las fueran lanzando de a un capítulo, como hace HBO. Después, cuando termina, si querés la maratoneás completa.

-Hablando de series y de maratonear, ¿cuánto tiempo hace que estás con La ley y el orden?

Tuve un intervalo de diez años, entre el 2010 y el 2020, pero estoy desde la segunda temporada. O sea, 25 años del mismo programa. Nadie, créeme que nadie se lo imaginaba. Hay gente que ha hecho toda su carrera en este programa: es el único trabajó que tuvo. Y ya se está por jubilar. Este año hago cinco capítulos: es lo máximo que ha hecho un director en una temporada en la historia de la serie. El director es un invitado, digamos.

-Hablabas de las comedias. Un periodista deportivo muy reconocido decía en su momento que en el mundo faltan dos cosas: democracia y delanteros. ¿Faltan comedias también?

Sí. Y faltan cómicos. Fijate que en los cines casi no se estrenan. Las venden como comedias, pero no lo son. O son muy malas. Creo que esta es la primera década desde el cine mudo que no tiene un gran cómico de nivel internacional. El último que parecía que iba a ser un gran cómico es Sacha Baron Cohen. Pero Borat fue hace 20 años ya y él se dedicó a otra cosa.

-Habla un poco de cómo está el mundo, ¿no?

Sí. Es una pena. Tiene que ver también con que las audiencias han dejado al cine. La comedia necesita una audiencia numerosa. Un cómico necesita una audiencia numerosa. Ya no hay cómicos como tampoco va a haber grandes estrellas de cine ya, ni de televisión. De eso se van a dar cuenta en los números y van a empezar a preocuparse también.

Creo que no hay ningún actor en este momento por el que yo diría: «Ay, quiero ir a ver la última de tal tipo». Ninguno. Ningún actor corta un ticket para mí como actor. Sí, por supuesto, los que ya lo eran. En Argentina tenemos a Ricardo [Darín], tenemos a Guillermo [Francella]. Acá tienen a Leonardo DiCaprio, pero Leonardo DiCaprio es como el más joven y ya tiene, ¿cuánto tiene? Ya 55 más o menos. Ya está grande. No lo veo a Timothée Chalamet como alguien que vayamos a recordar mucho…

-Hagamos de cuenta que me tenés que convencer para que vaya a ver Parque Lezama al cine. ¿Con qué me voy a encontrar?

Si viste alguna de mis películas, te vas a encontrar con la original, con la que dio origen a todas ellas, con la historia de la cual aprendí qué contar y cómo contar. Así que eso si te interesan las películas mías. Aunque más no sea por el valor investigativo. Si no, es una historia que tiene esa magia muchas veces de hacerte emocionar y reírse. Al mismo tiempo vas a ver dos actuaciones que no se ven comúnmente, aunque en realidad vas a ver siete grandes actuaciones. Pero lo de Eduardo y de Beto no se ve normalmente en cine. Vas a ver grandes actuaciones, vas a ver una historia que te va a atrapar, que tiene unas vueltas de tuerca y tiene un final que es mi envidia como autor. Hace 40 años que busco un final así. Es maravilloso. Así que bueno, si con todo eso no la venís a ver…

-El día después del estreno, cuando ya te estás de cara a los proyectos que vienen, ¿qué nos espera con respecto a Mafalda y con el documental sobre la “Masacre de Flores”?

Mirá qué proyectos distintos. Tenemos gustos para todos. Mafalda no paró nunca. Hace dos años y medio, casi tres, que estamos trabajando a full. Es un proyecto de animación muy ambicioso. Tenemos para hacer 20 capítulos y esperemos que sigan. Calculo que para fines de este año estará lista la temporada. La animación, para hacerla bien —y está quedando muy hermoso— demora tiempo.

Y la Masacre de Flores es una historia de resiliencia. Yo no diría que es tanto la historia de la masacre sino de la de Matías Bagnato. De cómo lo sobrevivió, de cómo llegó a ser la persona que es, de la lucha de las víctimas en Argentina. Porque su historia llegó a cambiar, junto con la de Once, la ley en Argentina. Es una historia de resiliencia y es una historia del bien y el mal. El mal personificado en una persona que yo te juro que no lo podría escribir en un guion porque no lo creería nadie. Es un villano sin ningún tipo de nada que lo compense. Es el Mal, pero el Mal como si fuera el demonio. Es muy interesante cómo pudo Matías convertirse en la persona que es, cómo pudo sobrevivir pasándote esto a los 16 años, perder absolutamente a toda tu familia menos a la abuela, que es también una historia muy fuerte, muy emocionante. Es un ser humano que me interesa mucho. Y también es una historia que vale la pena contar.

Julia Montesoro

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