La directora, guionista y productora Amparo Aguilar, como vicepresidenta de PCI -entidad que integra el Espacio Audiovisual Nacional-, tiene una activa participación en el debate en defensa del cine nacional que se dio en el Congreso Nacional. El miércoles 4 protagonizó un encendido discurso de cara a los legisladores y a sus pares. Una semana después, acompañó la marcha organizada por el sector audiovisual para pedir que se retiren del proyecto de Ley de Modernización Laboral los artículos 210 y 211, que eliminan los recursos específicos del cine nacional.
-¿Qué experiencia te llevaste el miércoles pasado, al exponer la situación del cine argentino en solo 3 minutos?
Hay una sensación que hablamos mucho con colegas: nos están maltratando de una manera que no merecemos y que no responde a la realidad. Por supuesto que hay muchísimas cosas que corregir en relación a cómo pueden ser las políticas de distribución y de exhibición: el mundo está cambiando y el paradigma del audiovisual también. Pero nos queda claro que hay audiencias, que la gente tiene interés por lo que hacemos. Por eso la sensación tiene que ver con cuál es la dimensión económica y de aporte a la comunidad argentina en general, en relación a lo que aportamos en términos de dinero en una economía que está muy golpeada.
Pero además de eso también comentamos sobre cómo salir de este discurso donde somos «yo, la peor de todas»: no somos los peores del mundo ni merecemos este escarnio. Soy vicepresidenta de una entidad, de PCI, pero tengo compañeros y compañeras en la asociación, directores y directoras, con quienes hablamos de esto: esta sensación de que no merecemos este maltrato y tendríamos que dejar de permitirlo.
-El miércoles también hubo una movilización masiva en las puertas del cine Gaumont, frente a la plaza del Congreso. ¿Qué expectativas tenías con relación al proyecto de reforma de ley laboral?
Como ciudadana tengo una tristeza enorme. El espacio del cine se convocó, como siempre, en el cine Gaumont. Estábamos muy cerca del Congreso y vimos muy claramente cómo hubo una movilización enorme, multisectorial. Allí la gente se detenía a aplaudir y a agradecer, por esto que decía sobre no permitir este maltrato. Pero la sensación que me llevé es que nos van a traicionar y que para eso no querían que estuviéramos ahí, porque las escenas de violencia que se vivieron y la virulencia con la que determinaron despejar una manifestación democrática fue muy impresionante.
Entonces, más allá de lo que ocurrió con los artículos y con la reforma laboral en general, hay que seguir encontrando maneras de encontrarnos. Esta cuestión de definir la aplicación de la ley en 2028 es una trampa espantosa. Se hizo mucha presión desde distintos sectores para que esto no pase y encontraron una triquiñuela. Esta triquiñuela hace que en 2028 los fondos de fomento del cine se caigan directamente sin ningún tipo de debate. Y que la forma de poder debatir si el cine se va a seguir financiando o no sea abriendo una ley, que no tiene nada que ver, que es la ley de reforma laboral. Es como si se hubiera empeorado la trampa en la que nos han metido.
No tenemos que perder eso de vista. Por un lado, ladran Sancho, señal que cabalgamos: tuvieron que hacer algo con esos artículos porque hubo presión social. Pero lo que han contestado no es una buena noticia para un sector que, como venimos diciendo mucho, necesita previsibilidad porque nuestros procesos son muy largos. O sea: es posible que una película que se está pensando hoy, en dos años no esté en condiciones de ser fondeada. Es realmente preocupante.
-Qué esperás que pase de aquí en adelante, teniendo en cuenta que está vigente la trampa de 2028?
Si primara la honestidad intelectual y se cumpliera el contrato electoral, estas cosas no deberían pasar. Muchos de estos artículos -no solo los que tienen que ver con la cultura-, no deberían pasar. Pero está claro que hay una voluntad general de reformar la forma en que se trabaja en nuestro país. Ni la honestidad intelectual ni el contrato electoral van a ser necesariamente es lo que mueve a los legisladores.
-A lo largo de estos días de búsqueda de consensos y de explicar las consecuencias de que se eliminen las asignaciones, ¿qué costó más? ¿Convencer a los legisladores o a la gente común?
Yo soy una optimista. Y creo que el hombre común no es tan reaccionario como nos quieren hacer creer. Tambiñen me parece que hay una cuestión muy profunda que es la dignidad ciudadana muy herida en nuestro país. Esa no es una responsabilidad de la cultura, pero quizá nosotros y nosotras tenemos alguna responsabilidad en contribuir a reconstruirla. Cuando la gente lleva tanto tiempo tan herida en su dignidad básica, tan impedida de poder vivir dignamente, de darles a sus hijos lo mínimo que consideran que desean y demás, se empieza a producir un efecto de resentimiento. Sobre eso tenemos que trabajar mucho, porque nunca puede construirse desde el lugar del enojo. Duele y jode que te digan que sos un ladrón o una ladrona o que te quiten el trabajo. Y ese sentimiento que ahora tenemos nosotros hay gente que lo ha tenido durante mucho tiempo. Quizá tenemos que empezar a pensar de qué manera los y las artistas podemos funcionar como antenas invertidas, empezar a escuchar.
Los legisladores y las legisladoras me parece que en general, solo por una cuestión más de cultura general, de conocer ciertas cuestiones de la estructura del Estado, tienen conciencia de que no es gratuito destruir ciertas estructuras que le hacen bien al país. Porque si se filmó en Bariloche, subió la cantidad de visitas internacionales a Bariloche. Si bien hay cosas que no tiene por qué saber cada uno de los legisladores, sus asesores lo saben: existe una lógica de trabajo que entiende qué conforma el entramado productivo de un país. Pueden decir lo que quieran en público, pero no es que no entienden.
Cada vez que nosotros como espacio nos sentamos con alguna persona que tiene que hacer leyes, a ninguna se le ocurre expresar que quieren un país que no tenga ningún tipo de incentivo a la cultura. A partir de ahí se puede discutir qué tipo de incentivos quieren tener, qué piensan que es cultura y qué valor se le da a la soberanía cultural y a la representación identitaria soberana.
A partir de ahí podemos abrir otra discusión. O sea: para el universo libertario, es suficiente con que cinco personas —siendo exagerada— filmen en relación a una plataforma y que nuestro país no tenga ningún derecho ni de autor, ni patrimonial, ni de nacionalidad.
Julia Montesoro


