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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Eduardo Braun Costa, ganador en Sundance por «Los mentirosos»: «Quise recuperar la sensación nostálgica de ir a ver una pantalla en una sala»

Eduardo Braun Costa es un director de cine argentino con experiencia en actuación y escritura. Su trabajo en videoclips obtuvo reconocimiento internacional, incluyendo un Grammy Latino y un Premio Joven Director de Cannes. Los mentirosos es su primer cortometraje narrativo. Estrenado mundialmente en la Competencia Internacional de Cortometrajes del 41º Sundance Film Festival, obtuvo una inmediata consagración: ganó el Premio Especial del Jurado a la Actuación en Cortometrajes, otorgado a los niños Noah Roja y Filippo Carrozza.

Los mentirosos narra la historia de dos niños pequeños que, sorprendidos robando dulces en el cine, deben encontrar a un adulto que se haga pasar por su padre. Lanzados a la adultez, Matías y Jaime intentan comprender el mundo. Un día, Jaime es arrestado por un guardia de seguridad en un centro comercial y Matías debe pedirle a un desconocido que se haga pasar por su padre para liberarlo. El reparto está encabezado por Esteban Bigliardi, Mariana Chaud, Pablo Fusco, Fernanda Bercovich, Noah Roja, Filippo Carrozza.

-¿Cómo encontraste la historia de Los mentirosos, en qué te inspiraste?

El origen tiene mucho que ver con mi infancia, que transcurrió en los 90 y principios de los 2000 en Buenos Aires. Fue una infancia bastante independiente, entre historias y experiencias vividas con mis hermanos. Y también está relacionada con el rol que tuvo el cine en ese crecimiento y en las salas de cine como espacios donde construir un sentido de identidad. El cine para muchos es una gran escuela, una gran manera de poder pensarnos a nosotros mismos. El corto trata sobre eso.

Escribiendo y reescribiéndolo, descubrí que gira alrededor de un equívoco o de un episodio que quizás tiene más que ver con la comedia. Surge a partir de un hombre que se hace pasar por el padre de estos chicos. Me pareció una idea lo suficientemente potente. Es un equívoco que encierra muchas cosas. Llegué hasta ahí a partir de cuentos cortos que tenía escritos de mi infancia, pero el equívoco central y ese episodio lo fui descubriendo a medida que iba escribiendo.

-Una antigua superstición dice que no se debe trabajar con niños ni con animales. ¿Cómo surgió el vínculo con ellos y cómo transcurrió el rodaje?

Es curioso, pero el primer día de rodaje trabajamos con los dos niños y también con un gato que tenía una escena importante, la primera del corto. Mis productores decían: «Bueno, estamos tan locos que no solamente trabajamos con niños sino ahora también con animales». A mí me pareció un gran desafío, en el que tenés que aceptar que gran parte del control ya no lo tenés más. Lo tenés que soltar y abrazar la naturalidad y la improvisación que traen los chicos. Pero también entendimos desde el principio que la potencia de la historia se iba a apoyar en ellos. Entonces, todo el diseño de producción lo armamos alrededor de darles espacio a ellos y a generar un clima de trabajo en donde pudiesen aportar eso que nosotros estábamos buscando. Por ejemplo, la mayoría de las escenas del cortometraje están pensadas como dinámicas de juego, como puede ser robar golosinas, parar gente en la calle, espiar a tu madre.

La realidad es que tuvimos una coach de actores, Sofía Briet, que nos ayudó mucho a diagramar los ensayos e ir descubriendo cuál iba a ser la manera de trabajar con ellos. Especialmente con Noa, que es el protagonista y que nunca había actuado en nada, ni siquiera en el colegio. Fuimos descubriendo ejercicios y juegos para después en rodaje poder acceder rápido a esa dinámica de trabajo. Cosas como inventar personajes. Por ejemplo, descubrir una manera de caminar y de hablar de un personaje de 7, 10 o 15 años. Y después, en rodaje, poder decirle: «ahora sos el de 7, ahora sos el de 15», encontrando estos disparadores que ya tenían su ensayo y su idea previa.

También hay que decir que los actores adultos fueron claves para entender todo esto y trabajar a partir de entender esto. Entonces ahí Mariana (Chaud), Pablo (Fusco) y Esteban (Bigliardi) fueron muy amorosos y geniales al darles a los chicos ese espacio y esa contención al mismo tiempo a la hora de trabajar.

-Esteban Bigliardi es el adulto central de esta historia también. ¿Cómo fue la búsqueda de ponerle un rostro y un cuerpo al personaje?

Fui a ver la obra de teatro que dirigía Romina Paula en la que estaba él y en cuanto lo vi en escena, tuve muy claro y evidente que iba a ser el personaje. Le compartí el guion y le encantó. Y muy rápidamente estuvo abierto a la posibilidad de trabajar. Me parece que él ya trae como una suerte de energía infantil, de juego y de mucha libertad, que era clave para el personaje y que fue clave también para el proceso de trabajo con los chicos. No tuve que pensarlo tanto. También tengo que agradecer a Casting Club y a Juan que nos ayudaron un montón a ir descubriendo a cada uno de estos actores, como a Mariana Chaud o a Pablo Fusco, que aportaron un montón en poder elevar el trabajo de los chicos.

-¿Qué te impulsó a elegir, más allá de estos recuerdos de tu infancia, una sala de cine como escenario central de toda esta historia?

Para los que crecimos yendo a salas de cine, era como un espacio y un momento muy especial, muy contundente, que marcó los los momentos y las infancias. Tampoco era algo que se hacía tan recurrentemente, pero cuando lo hacías te llevabas mucho la experiencia. ¡Yo me acuerdo perfecto qué películas vi en qué salas de cine! Además esa sensación comunitaria, esa oscuridad… Quise recuperar esa sensación casi nostálgica de lo que implicaba ir a ver una pantalla en una sala llena de desconocidos. Y que muchas veces terminaba siendo un espacio de mucho aprendizaje y mucha contención, por lo menos para mí, para mis hermanos y mis amigos. Y también era un espacio de refugio.

Cuando éramos chicos y teníamos un poco de plata que te daban tu papá o tu mamá, lo primero que hacíamos era ir a refugiarnos a una sala de cine y por ahí pagar una entrada y tratar de colarse a otras películas. El corto trata de capturar esos sentimientos y esa sensación de aventura de las primeras veces. De recuperar esa experiencia de ir al cine por primera vez. O dentro de las primeras veces, de la primera vez que vas a ver una película que tiene un poco de desnudez, la primera vez que vas a ver películas que sentís que son para más grandes, o de ver películas que simplemente después te marcan experiencias. Que tienen toda esta sensación de abismo.

Me acuerdo de la primera vez que fui a ver una película de terror al cine y todas las emociones que tuve alrededor de esa experiencia. Busqué recuperar eso, la sensación de un evento importante. Y también de la desnudez, del erotismo. Parte de la naturaleza del cine es que es un medio que contiene una nota erótica. Y yo quería recuperar esta situación de lo espiado.

-El ojo de la cámara como un voyeur.

Así es, el voyeur, que es parte importante del cine. Todo el corto adopta esa forma. Esta sensación de volver a espiar nuestras infancias, como un paisajes tan importantes para después, durante toda nuestra vida. Y con la idea de cómo la infancia solamente aparece como tal cuando la empezamos a mirar hacia atrás. Cuando sos niño no estás atravesando la infancia, sino que sos un niño y ya. Recién podés entender que eso fue la infancia cuando dejás de serlo. Me di cuenta de esto mientras trabajaba en el corto. Hay algo ahí que me parecía muy interesante, ideal para intentar traducirlo a un dispositivo cinematográfico.

Julia Montesoro

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