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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Gustavo Hernández, director de «El susurro»: «La película habla sobre la identidad, en quiénes somos y en lo que nos convertimos»

El susurro, coproducción entre Fernando Díaz (Machaco Films) y Rosana Ramos (Aramos Cine) de Argentina y Mother Superior de Uruguay, con dirección de Gustavo Hernández y protagonizada por Luciano Cáceres, Marcelo Michinaux y Ana Clara Guanco, es uno de los estrenos más relevantes del cine de terror y fantástico de los últimos tiempos.

Gustavo Hernández, director, guionista y productor uruguayo, es un especialista en el cine de género. El susurro es su sexto trabajo incursionando en el cine fantástico y de terror, en un camino que comenzó con La Casa Muda, estrenada mundialmente en Cannes (primera producción uruguaya) y que continuó con Dios LocalNo Dormirás, Virus:32 y en 2023, Lobo Feroz.

-El susurro está encuadrada en el género de terror, pero su historia abre caminos hacia otros rumbos. ¿Dónde buscaste poner el foco?

La película obviamente está enmarcada dentro del género de terror; pero como ya sabemos, es un género muy rico y amplio. En principio, sigue a dos hermanos que se están transformando y a medida que eso ocurre, el género también se transforma. Me pareció muy interesante ahondar en esa mutación.

-Pensando en la mutación, ¿cómo fue mutando el proceso desde que surgió como proyecto hasta convertirla en realidad?

Cada vez que uno se enfrenta a un nuevo proyecto siempre se empieza por el tema de lo que uno quiere contar. En este caso, como vengo de una familia muy numerosa -somos seis hermanos-, busqué describir una historia de hermandad. Fue lo primero que surgió. Nos juntamos con Juma Fodde, un guionista uruguayo con quien venimos haciendo muchas películas, y entre la escritura un día me cuenta una anécdota que terminó siendo el puntapié para la película. Él vive en la Ciudad Vieja de Montevideo -que es la parte del puerto, una zona de casas viejas-, pegado a una casa que estaba abandonada. Tenía un gato que cada vez que se iba volvía con olor feo. Vino una vez, lo bañaron; a los dos días, lo mismo. Al tercer día pensó: «Este gato se está metiendo en la casa de al lado y se está revolcando en algo que parece que está muerto». Y me contó la idea de ponerle una camarita para ver dónde se metía. Estaba seguro de que allí había algo o alguien muerto.

-Una situación inspiradora…

Cuando me contó eso inmediatamente pensé que la escena sería brutal. Para tranquilidad de todos, hizo una llamada para que abrieran la casa pero no había ningún muerto ni nada (Risas). En la película fue distinto: el gato encuentra algo y a partir de ahí se desata la locura. Fue así cómo cambió el eje del relato: desde una idea, una anécdota, construimos esa escena, que a su vez da pie a un montón de cosas.

De aquel gato de la Ciudad Vieja de Montevideo, El susurro llegó a la competencia oficial de Sitges, donde se estrenó mundialmente. ¿Cómo viviste esa experiencia?

¡Fue tremendo! Para contextualizar: Sitges es el festival de cine de terror y fantástico más grande del mundo y tiene una gran tradición. Se presentan alrededor de 800 películas y solo quedan 33 seleccionadas. Nosotros estábamos ahí, con la bandera uruguaya y argentina, representando a los dos países. La sala donde se estrenó tiene capacidad para unas dos mil personas. Lo que pasó es que la película es muy impredecible y te lleva por diferentes caminos, ese público entró en una atmósfera donde no volaba ni una mosca. Todavía tengo ese recuerdo de estar ahí compartiendo el silencio sepulcral que se produjo al final. Después estalló en aplausos. A partir de allí la película viajó a México y después se presentó en el Buenos Aires Rojo Sangre. Viene en un tren de premios muy importantes, pero lo más interesante son las reacciones de la gente disfrutando la película.

-¿Qué te moviliza de los comentarios que recibís?

El cine provoca cosas diferentes de acuerdo a las vivencias de cada uno. Recientemente recibí un mensaje de Argentina sobre una experiencia de una persona con un familiar con problemas de adicciones, que se identificó mucho con la protagonista, que trata de sacar al hermano de un ambiente muy nocivo. Hizo una lectura de la película alucinante y me hizo pensar cómo a cada persona le llega por diferentes lugares. Eso ocurre cuando tenés una película con diferentes capas. Como te decía, tengo una familia de seis hermanos. Una vez fuimos a ver una película de hermanos con mi mejor amigo, que es hijo único: yo terminé llorando y al otro tipo no le pasó nada. Las experiencias de cada uno van dándole nuevos sentidos a la película.

-En este aspecto, El susurro aporta variadas lecturas. ¿Hay alguna en particular que hayas querido puntualizar?

La película habla sobre la identidad, en quiénes somos y en quién nos convertimos. Interpela sobre ese punto. La hija, la protagonista, está tratando de proteger al hermano de que no haga una transformación, aunque el padre le está diciendo que eso lo lleva básicamente en la sangre. Ahí está un poco el conflicto de la película sobre quiénes somos. Esto se enmarca dentro de un carnaval donde también pasa el juego este de antifaces, de no verse las caras. Y estos protagonistas ya no pueden esconderse más y tienen que salir a decir quiénes son realmente.

-Un viejo mito del cine dice que no hay que filmar con niños ni con animales. ¿Cómo fue tu experiencia con dos niños protagonistas y un gato camarógrafo?

Todas esas reglas en esta película se rompieron. Por eso muchas veces digo que en esta película los moldes se quebraron para siempre. Está bueno para que la gente vaya a ver una propuesta que se sale de los límites.

Lo del gato fue impresionante. Habían escritas escenas que cuando el equipo las leía, decían: «¿Esto lo vamos a hacer en 3D, son efectos especiales?». Y no hubo nada de eso: el gato hizo todo lo que tenía que hacer. Obviamente estaba adiestrado: se trabajaron durante muchas semanas las acciones que tenía que hacer. Fue alucinante ir al rodaje y que esas acciones se completaran.

Con respecto a los niños, uno de ellos es Marcelo (Michinaux), que ya venía con la experiencia de Cuando acecha la maldad. Cuando hicimos la película tenía 9 años. Es impresionante la forma de trabajo y el talento natural que tiene; es un adulto en la piel de un niño porque entiende todo. Hizo que la película se elevara aún más, algo muy difícil cuando la sostiene un niño, que en este caso es un coprotagónico. Ella también, la rompió aunque fue su primer trabajo.

¿Cómo fue el trabajo de coproducción con Argentina?

Yo soy hijo de madre argentina, mi mujer es argentina y dos de mis hijos son argentinos, así que estoy vinculado desde siempre. El cine también me vinculó porque he hecho muchas cosas en Argentina, en coproducciones. En los festivales vas encontrando amigos y productores; en este caso, como Roxana [Ramos] y Fernando [Díaz]. Nos cruzábamos en diferentes lugares y festivales hablando de próximos proyectos. Nos decíamos: «¿Cuándo vamos a hacer algo juntos?». Hasta que se dio. Y ahora estamos pensando en próximos proyectos.

Julia Montesoro

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