En estos días, Luciano Cáceres atraviesa el invierno español en Madrid. Mientras se presenta con su unipersonal teatral Muerde (se presenta los domingos 25 de enero y 1 de febrero en el Espacio Mistral), está rodando El Taser, comedia dirigida por Borja Echeverría y coprotagonizada con Cristina Gallego y Fele Martínez.
Luciano Cáceres es el protagonista de El susurro, thriller psicológico y de terror de Gustavo Hernández que se exhibe en salas de Argentina y Uruguay desde el jueves 22.
Con producción de Machaco Films (Fernando Díaz) y Aramos Cine (Roxana Ramos), con Mother Superior Films de Uruguay y Non Stop Studios, El susurro viene de ser premiada en los festivales Buenos Aires Rojo Sangre y Mórbido Film Fest de México.
Con la participación de los niños Marcelo Michinaux y Ana Clara Guanco, la película trata sobre dos hermanos que se refugian en una mansión remota huyendo de su violento padre, que a su vez porta un oscuro secreto familiar. Ese es el rol que encarna Luciano Cáceres.
-¿Qué te sedujo para hacer una película con las características de El susurro?
Si bien es una película de género, no cae en un lugar común. Me toca ser el vampiro de esta familia, en un mandato que viene llevando hace siglos. A mí me encanta el género. Ya lo había abordado en otras ocasiones, como en El desarmadero (Eduardo Pinto) o Punto muerto (Daniel de la Vega). Soy fanático, soy consumidor: es un planazo para compartir con mi hija desde chiquita y ahora de adolescente también. Ella sigue por su cuenta con sus amigos yendo al cine a ver todo el terror que pueden.
Por otro lado conozco la obra de Gustavo Hernández, un gran director uruguayo con películas buenísimas. Y me encantó su planteo, a partir del desafío de construir un vampiro creíble y que tenga sustento sin entrar en un lugar común. La película cumple con los tópicos del género: asusta, inquieta, impresiona. Pero también emociona porque entra en zonas vinculares, emotivas.
Me entusiasmó lo vincular, la forma en que estaba anclada. El foco no está puesto en el susto o en lo escabroso, sino en este mandato que tiene que asumir esta hija cuidando a su hermano más chico y también salvándole las papas al padre. Todo lo fantástico que tiene la película es creíble porque está muy bien sostenida por el guion.
-¿Cómo llegaste a El susurro?
Estaba haciendo Muerde en Los Ángeles cuando me llamó Fernando Díaz y me dice: “Vos tenés que ser el padre de esta historia». Me preguntó si tenía algún problema en audicionar para que me conociera Gustavo. «Obviamente te conoce, pero quisiera probarte en este rol», me dijo. Así que hice la audición, la self tape, en el cuarto del hotel. Viste que a veces piensan que uno, con todas las cosas que hizo, todavía no audiciona… y no es así: uno sigue audicionando. Con Fernando nos conocemos hace como 30 años y nunca logramos concretar un proyecto. ¡Por suerte esta vez se dio!
-En cambio, no conocías a Hernández. ¿Cómo fue el encuentro?
Es un director que tiene las cosas muy claras. Sabe muy bien manejar los equipos. Es un tipo muy entusiasta y tiene un espíritu de juegos y de niño muy potente. Cuando algo salía bien saltaba como un chico ¡y es un gigante igual que yo! Cuando algo no salía se agarraba la cabeza diciendo «esto va a salir, esto va a salir» y seguía insistiendo. Fue una gran experiencia, porque además se generó un equipo de laburo hermoso.
El primer día que llegué a Montevideo debíamos hacer la escena final. Un final muy potente y emocional. Imaginariamente, todo lo que había pasado antes yo ya lo debía haber transitado. ¿Cómo poder abordar eso sin haberlo transitado? Frente a esta situación, nos pusimos de acuerdo muy rápidamente. Yo soy un actor que en este oficio aprendió una palabra de uso obligatorio: disponibilidad. Estoy disponible. A las cuestiones técnicas, a las órdenes, a las disposiciones del director como del equipo. Hubo cuestiones muy técnicas, muy precisas: de planos, de detalles, de cómo poder lograr ese vínculo con alguien que conocía en ese momento como mi hija y mi hijo. Pero lo hicimos. Y el resultado es muy bueno.
-Llegaste directamente para rodar la última escena. Empezaste por el final.
Sí. Fui directo a filmar. Había viajado unos días antes del comienzo de rodaje para la prueba de vestuario y ahí nos conocimos con Gustavo. Pero aunque todo el equipo ya se conocía, yo me presenté ante ellos directamente en el set. Surgió una afinidad directa con todos los compañeros. Aunque por las características de la película, los escenarios no eran lugares amables ni cómodos para estar ni esperar (Risas).
-Cuando te referís a tu disponibilidad, también hay que tener en cuenta que podés abordar el género fantástico como cualquier otro.
Ahora mismo estoy rodando una comedia. Es otro registro totalmente distinto y sobre todo me permite aprender el humor español. No me había tocado transitar comedia en España antes, aunque en Argentina hice mucho. Me encantan los géneros. Tengo la formación, gracias a Dios, de Alejandra Boero y Andamio 90, que me dio esta posibilidad de formarme en todos los géneros. Algo que aprendí es que no se actúa igual, no se prepara igual. En el caso de la comedia hay un ritmo mucho más musical que hay que entender para que funcione.
-¿Cuáles son las diferencias entre el humor español y el nuestro?
Nosotros tenemos incorporado a nuestra vida el doble sentido. Cuando estaba filmando Adiós Madrid era pleno verano. De golpe digo: “¡Uy, qué fresco que está!”. Y ellos me preguntaban: “Tío, ¿estás bien? ¿Estás enfermo? ¿Te sientes mal?”. Yo les explicaba que el chiste estaba en decir lo contrario para marcar lo evidente. En España el humor es más explícito, menos irónico.
-¿Cómo surgió la posibilidad de volver a filmar en España?
Gracias a Javier Godino, el gran actor español a quien conocimos por El secreto de sus ojos. Con él rodamos Adiós Madrid. Inicialmente le habían propuesto el personaje, pero en el mismo momento debía protagonizar un musical muy importante sobre Goya, me dijo que no lo podía hacer y me recomendó. Me reuní con los productores y con el director, que había visto trabajos míos. Me lo propusieron y me interesó mucho.
Y estoy muy contento y cómodo, porque el director también dirigió mucho teatro y conoce mucho también a la protagonista. Trabaja mucho en el detalle de las palabras. No se queda atado al texto, sino que en set salimos a la búsqueda de la escena, del remate.
-¿Qué diferencia encontrás entre hacer terror con otros géneros?
Uno tiene que ser cómplice del género que le toque hacer siempre. Según el género que abordes te hacés preguntas distintas. Cuando son películas más emocionales, dramáticas, el método es más necesario: es importante saber de dónde vengo, cómo sigue la historia, dónde voy, cuál es el tipo de vínculo. En las películas de género o fantásticas hay cosas que no te podés preguntar porque no tienen explicación. Uno tiene que ser cómplice y nada más. Vos en la película ves a un tipo que tiene un monstruo atrás y decís ¿pero cómo no lo ve? El actor claramente sabe que tiene un monstruo atrás. ¿Cómo no lo va a saber si es un compañero con el que toma mate en el motorhome? Pero te volvés cómplice para generar algo en el espectador. El personaje en ese momento no lo ve y no importa por qué. Lo que importa es que la acción continúe. Es un tema de complicidad.
-¿En España el teatro te abrió las puertas para hacer cine?
El movimientos trae el movimiento. Si yo no hubiese estado en Madrid haciendo Muerde hace unos meses, no hubiese tenido la reunión con el productor Claudio Bruno y con Borja, el director. Y esta oportunidad no hubiera salido. A veces el movimiento te provoca buenas cosas. Y más trabajo.
Yo estoy encantado de que me soliciten. Es como volver a empezar, porque cuando llego a un set en Argentina es muy probable que con el 80% de los que me cruzo ya trabajé alguna vez, pero en España no me conoce nadie. Me pasó el primer día de rodaje: todos decían «qué bueno», muy buena onda, se reían, me felicitaban. Y al otro día, “pero tío, te googleamos, eres protagonista de esto, de esto, de esto”. Está bueno ir calladito y con el trabajo darte a conocer.
–¿Vas con pasaje de regreso?
Siempre. Vuelvo a mi casa, a mi familia. Tengo la suerte de haber filmado en Roma un papel protagónico, así como en Brasil o en España. Pero siempre pensando en el regreso. Mi pasaje está marcado para el 2 de febrero: el 12 de marzo presento en el teatro San Martín un nuevo espectáculo, Paraíso, un unipersonal de la autora española Inmaculada Alvear, dirigido por Ignacio Rodríguez de Anca.
Así como Muerde era una obra rural, de pueblo, ésta es una obra bien de ciudad. Es la historia de Juan Valero, un empresario hotelero muy particular, ambicioso, oscuro, que debe recibir un trasplante cardíaco y le llega al corazón de una prostituta negra dominicana. Esta nueva situación le va a cambiar la vida, no solo en lo emocional y en la sensibilidad, sino también en los sabores, los colores, los olores, la forma de relacionarse.
También seguiré con Muerde. Empezaremos a girar con las dos obras juntas, un día con una y al día siguiente con la otra, abriendo puertas.
-A tu regreso tendrás la posibilidad de acompañar El susurro en las salas.
Es un momento difícil para el cine presencial, pero el cine de terror sigue siendo un planazo para los no cinéfilos, porque invita a transitar una experiencia. Vos sabés que algo te va a pasar. Como espectador sos cómplice del momento que te inquiete o que te asustes.
Julia Montesoro


