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DIRECCION EJECUTIVA: JULIA MONTESORO

Matilde Vissani presentó «Nunca fui a Disney» en el Festival de Málaga: «Es un coming of age que busca transmitir la idea de libertad»

Matilde Vissani tuvo su primera gran presentación internacional de su ópera prima, Nunca fui a Disney: se exhibió en la Sección Oficial a Concurso del 28º festival de Málaga.

Se trata de una producción independiente, desarrollada por un grupo de estudiantes de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la UBA con guion de Matilde Tute Vissani y Agustina Márquez Merlin, que refleja el paso de la infancia a la adolescencia a través de la mirada de Lucía (Lucía Martínez Vel),quien pasa sus vacaciones en San Bernardo. A sus once años y fuera de temporada, ese pueblo costero desolado junto a su mamá y su hermanita no parecen ser el mejor plan. Su madre intentando separarse y el contexto de crisis no ayudan. Pero el quiebre en su familia y ese entorno aparentemente vacío empujan a Lucía a descubrirse a sí misma y al mundo que la rodea, a transitar el final de su niñez y el comienzo de su adolescencia.

Estrenada mundialmente en el BAFICI 2024, Matilde Vissani obtuvo el Premio Género DAC a la mejor dirección.

-¿Cuál fue el germen de la película?

Se gestó a partir de un grupo de cinco amigas que cursábamos nuestro último año en la facultad. Teníamos el deseo de generar nuestra primera experiencia de largometraje. Allí hubo un impulso, una convicción y una decisión a como dé lugar, como pudiéramos hacerla.

A partir de ahí empezamos a trabajar sobre la idea y el universo que queríamos construir. Compartimos mucho de nuestra experiencia acerca de nuestras niñeces, particularmente contextualizadas en los años 90. Algo de ese universo nos convocaba para armar una historia. Paralelamente a la construcción del guion pensamos en conseguir los recursos que necesitábamos para producirla. La película es es el resultado de esos encuentros: un coming of age que básicamente trabaja, cuenta o narra el pasaje o la transición de la niñez a la adolescencia en una niña.

-¿En qué medida esta historia prevaleció sobre otras que pudieron haber surgido de esa interacción entre las cinco mujeres?

Nuestro punto de partida lo que uno tiene cerca como es lo vivencial. Y fue muy difícil construir esos universos. Había algo de eso que generacionalmente nos unía a todas. Además de que tengo un gusto bastante amplio en cine: no me caso con ningún género. Pero estábamos seguras de que tenía que ser una historia sencilla, que no podía ser muy ambiciosa a nivel narrativo porque sabíamos lo que eso implicaba a nivel producción. Incluso la estructura de equipo técnico. Sabíamos que iba a ser reducido para equilibrar cada uno de esos elementos y todas las áreas y que cada uno pudiera tener la mejor experiencia posible dentro de su rol.

Era importante que ese elemento narrativo no se trate de imponer por sobre los demás y poder trabajar al mismo nivel la calidad y estética de la imagen, el arte, el sonido, incluso la producción. Que sea una experiencia amorosa para todos los que participaron. Algo de eso nos llevó por ese lado y también porque fue lo que nos convocó, lo que sentimos que era para todas.

-En esa interacción, y en ese sentido que es para todas, ¿hubo una decisión previa de que vos ibas a ser la directora? ¿O se fue definiendo y delineando en el camino?

Los roles estaban planteados previamente por una cuestión de interés que cada una; o sea, el interés y el trayecto que cada una venía construyendo como estudiante.

Cuando llegué a la carrera de Diseño de Imagen y Sonido, después de estudiar teatro, algo de ese universo se me apareció como posible para seguir ampliando esas ganas de construir ficción o de trabajar con el lenguaje.

Cualquier acto creativo me resulta interesante. Entonces, tenía que me interesaba ese lugar. Si bien me encanta hacer películas y no tengo problema en ubicarme en el rol que haga falta -ese espíritu está presente en la carrera y en cada una de nosotras-, cada una tenía un perfil marcado. Sí, la decisión estaba planteada previamente.

Desde ese rol y desde este germen colectivo, hubo un entendimiento de que tenía que ser una historia que nos convocara a todas, porque -por lo menos hasta el rodaje-, todas íbamos a poner mucho de nosotras. Operó una lógica más colectiva en ese proceso de saber lo que íbamos a contar.

-En ese proceso hay una decisión que queda como desplazada, pero que se percibe claramente, que el interés y la necesidad de contar una historia desde las mujeres dirigida a las mujeres, donde el protagonismo excluyente son las mujeres. Claramente ahí había también una mirada y un enfoque puesto allí.

Sí. El grupo se conformó siendo mujeres. Nuestro grupo de amigos y amigues cercanos en la facultad era más amplio, pero este núcleo se terminó formando así. Otras personas tomaron otras decisiones y se agruparon de otra manera. Nuevamente: cuando empezamos a pensar sobre qué podíamos escribir y cómo construir la película, esto apareció naturalmente. Surge tanto de nuestras experiencias como de nuestras madres. También aparecieron esos conflictos vinculares entre madres e hijas cuando una va creciendo. En un contexto social donde era común que las mujeres siempre estuvieran en un segundo lugar, que inhibieran o reprimieran muchos de sus deseos, incluso por tener que ser madres. Siempre estuvo presente la sensibilidad sobre cómo ciertas inhibiciones empiezan a aparecer en ese momento que una empieza a ser mujer o dar esos primeros pasos. Algo de eso fue parte del relato, de una forma sensible y amorosa, sin denuncia. De distintas formas, todas nosotras lo transitamos y lo vimos en nuestras madres.

-Sin denuncia, pero desde el propio título de la película hay una mirada de crítica social, con el concepto de lo que representaba no ir a Disney.

En mi caso, si bien está en el título, no sé si en algún momento fue un anhelo para mí. En mi familia representaba un proceso de invasión cultural de parte de Estados Unidos hacia Argentina. Esto implica algo que tenemos muy arraigado en nuestro país, que es no valorar lo propio, pensando que lo de afuera es mejor.

En ese momento creo que, por esas decisiones políticas y económicas que hubo por el rumbo para darle al país, hubo una invasión de todo eso. La mayoría se había ido a Disney, mientras en mi casa no había ni cable. En su momento lo sufrí porque me sentía un poco diferente a todas, pero de grande lo valoré porque siento que no necesité nada de todo eso para ser feliz o para construir una vida significativa.

-En la película también aparece una referencia a la Barbie, otro símbolo de pertenencia social.

Nunca tuve una Barbie. Compraba por mis padres, por lo menos no. Quizás alguna regalada y con todos los pelos cortados. Aunque tenía amigas que tenísn cinco estantes con Barbies en su pieza. En una forma muy intuitiva, una entiende que estás medio fuera de algo cuando es niño. Cuando uno va creciendo, esa necesidad de pertenecer a lo que el entorno te propone muchas veces te desenfoca el camino.

La Barbie claramente es un símbolo de estatus y obviamente, es un símbolo muy marcado de los 90, de lo que para las mujeres significaba la belleza, con ciertos atributos naturales y físicos que gracias a Dios se pusieron en cuestión y empezaron a cambiar.

Mi infancia fue la era de las bulímicas y anoréxicas; debías medir 1.75 y tener 90-60-90. Traten de imaginarse cuántos cuerpos vieron en la realidad con esas medidas. Por otro lado estaba la idea de lo que es ser mujer: que te guste maquillarte, pintarte las uñas, usar vestidos. Y quizás sos niña y no te interesa nada de todo eso. O sí, pero también jugar al fútbol con los chicos o querer trepar un árbol.

Esa idea instalada como «Disney-rosa-fucsia» es una forma de ver el mundo un poco plástica. Detrás de esas cáscaras, que se venden dtrás de una cámara, hay otra vida y otra complejidad.

En Nunca fui a Disney las protagonistas rompen también ese modelo de parecer y conservan su libertad para jugar en la tierra, revolcarse, entender el proceso familiar de la separación de sus padres. ¿Hacia allí estaba la mirada?

Cien por ciento. Sí, sí. Es un poco como recuerdo mi infancia. Tuve la suerte, aún viviendo en Capital, de que mi infancia transcurra en la calle con el resto de los pibes y las pibas del barrio. Algo de ese universo donde no está todo tan compartimentado y tan planificado y donde tu vida transcurre más allá también de tus padres y madres.

Hay algo de la idea de libertad que quería transmitir. Actualmente esta palabra está bastardeada, pero también implica tomar decisiones y asumir responsabilidades. ¿Qué querés hacer? ¿Cómo te vas a comportar con los demás? ¿Cómo te vas a vincular? La libertad te da muchas preguntas e implica decir que no a muchas cosas que el sistema a veces te quiere imponer. Hay gente que las adopta y le funcionan y son felices. Pero si no te sucede es importante saber que uno puede decir que no y elegir otra manera.

Norberto Chab / Desde Málaga

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