Ricardo Preve comenzó en Buenos Aires el rodaje del documental Un precio que tenemos que pagar, basado en la vida y muerte del fotoperiodista y corresponsal de guerra Ignacio Ezcurra, asesinado en Vietnam en 1968.
-¿Quién era Ignacio Ezcurra hasta el momento en que decidiste hacer este documental?
Había escuchado un poco sobre él. Sabía que había trabajado en lugares distantes de la Argentina con el interés en contar historias. Había trabajado en Siria, en Estados Unidos, había viajado por América Latina. Desde ese lugar me sentí identificado. Cuando empecé tenía la idea de hacer un documental sobre su vida. Pero a medida que fuimos investigando descubrimos documentación, videos, fotografías. Y se convirtió en otra cosa. Poniendo el énfasis en qué le pasó a Ignacio Ezcurra.
-¿Cuál fue el elemento determinante para emprender el proyecto?
No me gusta la injusticia, no me gusta cuando una historia queda oculta. No sé si por negligencia, por desidia o todavía por designio. Siempre me llamó la atención cómo Ignacio Ezcurra desapareció el 8 de mayo de 1968 en Saigón -lo que hoy es Ho Chi Minh City-, en una guerra tan fotografiada, filmada, reportada. Que un hombre occidental, que medía casi 1.90, desaparezca en el medio de una ciudad y que nunca más se sepa de él o se lo vea con vida me parecía difícil de creer. Quizás fue ese el factor que me impulsó a preguntarme si no había alguna información ignorada u ocultada. Eso me empujó a investigar.
-Justamente un documental de estas características requiere una investigación previa, a la manera del periodismo.
Absolutamente. Me despierto a las 6 de la mañana, me pongo a pensar en el proyecto y trabajo hasta las 18 con un equipo muy talentoso de colaboradores. Tenemos gente investigando en los archivos en Estados Unidos y estuvimos recabando información en Vietnam, Italia, Japón, Tailandia y Argentina.
-¿Qué misterios develó la búsqueda?
Lo que se dijo originalmente siempre fue que a Ignacio lo mató el Vietcong. Nosotros estamos investigando esa posibilidad. Pero también existe la posibilidad de que haya sido asesinado por la fuerza de Vietnam del Sur. Quizá porque él estaba desempeñando su labor periodística… La mañana del día que desapareció dio una entrevista a la televisión de Estados Unidos. Habían asesinado a cuatro periodistas: tres australianos y un inglés tres días antes. El se manifestó muy afectado por esto y fue al lugar donde habían sido los crímenes. Allí desapareció. Por eso nos pareció válido ver si no había sido asesinado por investigar la muerte de sus colegas.
-¿Cómo llegás vos y tu equipo a determinar o encontrar esas zonas oscuras?
Hay un método, muy probado, que consiste en atornillar el trasero a una silla y estudiar preferentemente fuentes primarias, fuentes documentales, que hayan sido elaboradas en 1968 (Risas). Nosotros sabíamos que el Gobierno argentino había hecho un informe sobre la desaparición de Ignacio. Se había anunciado pero nunca se publicó. Y lo hemos encontrado. Sabíamos que existía la posibilidad de que hubiera fotos de su cuerpo. Encontramos en archivos de Estados Unidos fotografías que podrían ser de su cuerpo. Ahora la estamos sometiendo a un análisis forense.
No hay atajos. Tenés que ver dos mil planchas de negativos de fotos en distintos archivos hasta que de golpe identificás una tira de 5 ó 6 fotos que podrían ser lo que estás buscando. No hay otra alternativa que estudiarlo. Yo personalmente me fui a Vietnam, estuve tres días caminando en el barrio chino de Saigón, donde desapareció Ignacio, estudiando el lugar los hechos. Es la manera de formarte una idea de lo que pudo haber sucedido.
-¿Cuál es hoy la vigencia de esa historia? ¿Qué pensás que ocurre al traerla al presente?
Esa pregunta es muy interesante porque creo que la omisión de información es en sí mismo algo que tenemos que combatir. El hecho de que no se hable de algo es una de las misiones fundamentales del cine, ya sea de la ficción o del documental: se trata de llenar los vacíos de la información. Ignacio Ezcurra era un argentino comprometido con la búsqueda de la verdad, era un periodista de raza, que había estudiado eso y trabajaba de eso.
Me parece que a más de 50 años de su muerte tenemos la pbligación de hacernos preguntas. ¿Cuáles son los riesgos de contar las historias? ¿Cuáles son los riesgos de sacar una foto que molesta? ¿Cuáles son los riesgos de hacer una entrevista que quizás sea incómoda? En este mundo en el cual cada vez más se censuran las opiniones diversas y no se permiten puntos de opinión distintos, rescato la figura de Ignacio Ezcurra. Porque tuvo el coraje de ir a Vietnam. El título de la película es “Un precio que tenemos que pagar” porque esa mañana que desapareció, hizo referencia al asesinato de sus colegas. En la nota dijo: “Es un precio que tenemos que pagar por estar contando las historias”. El cine consiste en de contar las historias que si no quedarían en silencio.
-¿Encontraste testimonios actuales?
Lamentablemente la mayoría de las personas que lo conocían han fallecido. Encontramos un periodista que según el Wall Street Journal y los diarios de la época estuvo con él la noche antes de su muerte. Vive en Estados Unidos, pero no se acuerda de nada. Seguimos la pista de un fotógrafo japonés que podría ser el autor de la única foto que se conocía hasta ahora del cuerpo de Ignacio. Falleció en diciembre pasado.
En Argentina vamos a empezar el rodaje el 5 de marzo. Hay bastante gente interesada en hablar del caso. Fotógrafos, periodistas, una investigadora del Conicet -Cora Gamarnik, quien es la experta del fotoperiodismo argentino-, un pariente de Ignacio. Y un corresponsal de guerra como Rodrigo Abd, ganador del premio Pulitzer, del diario La Nación.
Por un lado tenemos que buscar en los archivos lo del pasado, pero también creemos que la historia tiene una relevancia para el presente. Es lo que estamos buscando.
-¿Qué notás de las entrevistas con los testimoniantes? ¿Tienen presente la historia de Ezcurra?
Todavía no he tenido la oportunidad de ver el material plenamente porque no empezó el rodaje. Pero en nuestras primeras conversaciones noto que los periodistas argentinos tienen muy presente a Ignacio Ezcurra. Siempre fue una figura de referencia: casi no hay corresponsales de guerra argentinos que hayan muerto en las guerras, por suerte. Por eso creo que a los periodistas no les tenés que contar quiénes eran aquellos que tuvieron el coraje de contar historias en situaciones de riesgo.
En lo personal, siempre lo tuve como un referente del documentalismo-periodismo argentino. Yo trabajé en Kirguistán, Chad, Camerún, Sudán, lugares difíciles y riesgosos para filmar y para trabajar. Por eso me da bastante bronca que no se sepa qué le pasó. Me preguntaba si realmente no se sabe o si puede haber existido algún motivo de política exterior del Gobierno de Onganía, quien estaba en el poder cuando él fallece. Quiero investigarlo. Vamos a ver qué encontramos.
-En ese sentido, ¿con qué te estás encontrando?
No me gusta hablar sin verificar fuentes. Nos estamos encontrando con que hay mucha más información sobre lo que le pasó de lo que se dijo originalmente. Concretamente hubo un informe del Gobierno argentino con fotografías y entrevistas. Y se envió a una persona de la cancillería Argentina a Saigón a buscarlo.
Después de todo, Ignacio Ezcurra era de un diario importante, de una familia conocida. Nos llamó mucho la atención que ese informe no se haya publicado, ni se le haya siquiera dado a la familia, aunque se anunció a fines de mayo de 1968. Lo pudimos encontrar, pero no en los archivos del Gobierno. Eso nos está indicando que quizás hubo una intención de ocultar lo que le sucedió a Ignacio Ezcurra.
-¿Por cuestiones políticas?
Creo que sí. En ese momento el Gobierno argentino estaba fuertemente alineado con el de Estados Unidos de Norteamérica a favor de la intervención militar estadounidense en la guerra de Vietnam. El relato siempre había sido, a lo largo de todo el conflicto, que cualquier periodista que moría era culpa del Vietcong. De la misma forma se había dicho que los cuatro periodistas que habían sido asesinados, cuatro días antes, los había matado el Vietcong. Pero poca gente creía esa historia. Ignacio mismo dudaba de esa veracidad y fue a investigarlo. Quizás eso le causó la muerte.
Su gestión de periodista fue lo que le causó la muerte y eso es una motivación muy fuerte para ir al fondo de la cuestión y averiguar qué le sucedió.
-El periodismo como oficio de riesgo: nunca fue diferente.
¡Absolutamente! Hay violencia contra los periodistas… si vos ves en Ucrania o en Palestina. Y también hay acoso: recientemente no le dejaron a un periodista, creo que de la Associated Press entrar a la conferencia de prensa en la Casa Blanca porque su agencia no había cambiado el nombre de Golfo de México a Golfo de América. Este tipo de excusas se usan para no darle acceso a los periodistas.
Si bien normalmente en mis documentales no tengo narradores o presentadores, en este caso hay una corresponsal de guerra argentina, Clara Preve, una sobrina segunda mía, quien acaba de volver de Ucrania. Ella estuvo reportando sobre la guerra, tanto en Kiev como en la frontera, en el frente de combate con Rusia. También vamos a contar con la participación de Elisabetta Piqué. Nos interesaba la conexión entre Ignacio Ezcurra, de otra generación, corresponsal de guerra; Elisabetta Piqué, una mujer ya muy asentada en la profesión de corresponsal y Clara Prevé, quien tiene 28 años pero está haciendo su marca en el mundo del periodismo de riesgo. Es, de alguna forma, tener una conexión de esas tres personas para, como vos bien decís, traer a hoy este importante tema que es la libertad de prensa, el fin de las amenazas y la violencia contra los periodistas.
-La libertad de expresión es algo que nos compete a todos, no solo a los periodistas.
Nos compete a todos. Gran parte del cine independiente hoy está en una situación difícil, porque más allá de la nota periodística hay una expresión más profunda, más humanista, más conectada al alma del ser humano. Y la posibilidad de contar historias como profesionales de cine independientes que se está haciendo cada vez más difícil.
-Vos desde tu independencia del INCAA desafiás las inclemencias de esta época de la producción audiovisual argentina.
Nosotros estamos filmando de a puchos. El fin de semana pasado fuimos a una localidad del interior donde encontramos el informe. La primera mitad de marzo estaremos en Argentina. Estamos gestionando las visas y los permisos de filmación con el Gobierno de Vietnam. Y estamos armando una coproducción con una productora de Hanói en la República socialista de Vietnam, para filmar en ese país quizás en mayo o junio. Después intentaremos entrar en una posproducción, a medida que vamos vendiendo nuestras producciones, ya que la financiación es muy difícil de obtener. Vamos mechando este trabajo para avanzar con esta historia.
De hecho, tu documental anterior, Algún día, en algún lugar, ya está en una plataforma.
¡Correcto! Ya está disponible online. Fue un gran trabajo. Nos mandaron de Warner Brothers Discovery para Max. Nos enviamos un PDF de 75 pág sobre el control de calidad. Pensé que no lo iban a pasar y lo logramos. Estamos muy orgullosos de eso. Y nos da aire para seguir produciendo nuevos proyectos.
-Esto también habla del potencial que tiene el cine argentino y de todo lo que se podría lograr si se lo apoyara un poco más desde los mecanismos de fomento.
Hubo gente que me ha llamado para decirme que debía estar contento porque con estos problemas hay menos competencia. Yo estoy muy triste y preocupado por esta situación. Aún si sos una productora que no recibe subsidios del INCAA, el hecho de que puedas contratar a gente o alquilar equipos en Argentina se debe la existencia de una industria del cine que sin fomento no existiría. La realidad es que se destruye una industria por completo al margen de si se reciben o no subsidios.
Además, he tenido la oportunidad de dirigir películas en países que tienen grandes industrias en Francia, Italia, Estados Unidos e Inglaterra, países que subsidian al cine y luego usan esos subsidios para venir a Argentina y competir en contra del cine argentino. Es absurdo no tener presente esta realidad.
Julia Montesoro